12 de mayo de 2026 - 16:21 Por Lucas Garcia La rivalidad entre Estados Unidos y China sumó un nuevo escenario de tensión en América del Sur: los cielos despejados de la Cordillera de los Andes. Lo que hasta hace poco podía leerse como cooperación científica, inversión tecnológica o desarrollo astronómico, hoy aparece atravesado por una pregunta geopolítica central: quién controla la infraestructura capaz de mirar, escuchar y seguir señales en el espacio. En ese tablero, Argentina y Chile dejaron de ser simples anfitriones de observatorios para convertirse en piezas sensibles de una competencia global.
San Juan, ciencia y sospecha estratégica
El caso del radiotelescopio chino-argentino en el observatorio Cesco, en San Juan, expone esa tensión con claridad. El proyecto, impulsado junto a instituciones científicas chinas y argentinas, fue presentado como una herramienta para fortalecer la investigación astronómica en el hemisferio sur. Sin embargo, según reportes recientes, Estados Unidos manifestó reiteradas preocupaciones ante Argentina por el posible uso dual de la instalación: observación científica, pero también eventual seguimiento de satélites o comunicaciones espaciales.
La Doctrina Monroe en versión espacial
La administración de Donald Trump buscó reinstalar una mirada más dura sobre la presencia china en el hemisferio occidental, bajo una lógica que recuerda a una Doctrina Monroe actualizada. Ya no se trata solamente de puertos, minerales, energía o comercio exterior. Ahora también pesan las antenas, los telescopios, las estaciones satelitales y cualquier infraestructura que pueda tener valor estratégico. En esa lectura, el espacio se transforma en una extensión de la seguridad nacional estadounidense.
Neuquén como antecedente incómodo
La base espacial china en Neuquén, construida en la Patagonia durante la expansión de Beijing en la región, funciona como antecedente y advertencia para Washington. El acuerdo que le otorgó a China el uso del predio por 50 años fue interpretado por sectores estadounidenses como una señal de pérdida de influencia en una zona históricamente sensible para su política exterior. Esa experiencia parece haber endurecido la posición norteamericana frente a nuevos proyectos espaciales chinos en Argentina.
Chile y el espejo del Atacama
El caso chileno muestra que la presión no se limita a Argentina. En el desierto de Atacama, uno de los lugares más codiciados del mundo para la astronomía, un proyecto chino de observación quedó bajo revisión tras cuestionamientos de Estados Unidos. Informes internacionales señalaron que Chile revisó el acuerdo para construir un observatorio chino, mientras Washington advertía sobre posibles riesgos estratégicos.
Ciencia atrapada por la geopolítica
El gran costo de esta disputa lo paga también la comunidad científica. Para los astrónomos argentinos y chilenos, estos instrumentos representan una oportunidad para ampliar la capacidad de observación del hemisferio sur, históricamente menos equipado que el norte. Pero en el nuevo clima internacional, un telescopio ya no es solamente un telescopio: puede ser leído como infraestructura sensible, activo diplomático o herramienta de influencia. La ciencia queda atrapada entre la necesidad de cooperación global y la desconfianza entre potencias.
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América Latina ante una decisión incómoda
El trasfondo es más profundo: América Latina debe definir cómo se mueve entre dos potencias que ofrecen cosas distintas, pero también exigen alineamientos. China aporta financiamiento, infraestructura, comercio y tecnología. Estados Unidos ofrece respaldo político, financiero y seguridad estratégica, pero también pretende limitar la expansión china en la región. Para Argentina y Chile, la pregunta ya no es solo qué proyectos aceptar, sino bajo qué condiciones, con qué controles y a qué costo diplomático. En los cielos sudamericanos, la pelea por mirar las estrellas terminó revelando una disputa mucho más terrenal: la lucha por la influencia global.