6 de mayo de 2026 - 10:57 Por Redacción El Archivo Durante veinticinco años, el chavismo construyó un relato: Venezuela no estaba sola. Tenía amigos poderosos. Moscú, Pekín y Teherán aparecían en cada discurso como pilares de una supuesta soberanía bolivariana, aliados que respaldaban la revolución frente al "imperialismo yanqui". Lo que esa narrativa ocultaba era la otra cara del acuerdo: Venezuela no tenía amigos. Tenía acreedores, proveedores de armas inservibles y socios en el crimen organizado.
El 3 de enero de 2026, cuando las fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores en menos de tres horas, ninguno de esos supuestos aliados movió un dedo para defenderlo. Sus protestas fueron apenas comunicados diplomáticos. El escudo bolivariano resultó ser, exactamente igual que los radares chinos que no detectaron los F-35, una costosa ilusión.
El negocio chino: 60 mil millones de dólares por un barril de petróleo
La relación entre China y Venezuela comenzó en 2007, cuando Hugo Chávez firmó un programa de préstamos respaldados por crudo que inyectó más de 60 mil millones de dólares en Caracas a lo largo de una década. El Banco de Desarrollo de China fue el prestamista clave a través de acuerdos de financiamiento respaldados por crudo, y bajo el gobierno de Maduro, la producción de crudo se redujo drásticamente. Lo que parecía una generosa alianza era, en la práctica, un esquema de pago anticipado de petróleo: Venezuela enviaba barriles a precio fijo y China descontaba la deuda. El pueblo venezolano nunca vio ese dinero.
China aglutinó el 80 por ciento de las exportaciones venezolanas de petróleo en 2025, aunque estas únicamente representaron el 4 por ciento del total que el gigante asiático compró en el exterior, un volumen que, según firmas de análisis del sector, podría reemplazarse fácilmente con importaciones desde otros territorios. El dato es demoledor: Venezuela era prescindible para China, pero China era imprescindible para Venezuela. Esa asimetría era el verdadero contenido de la "alianza estratégica" que Maduro publicitaba en cadena nacional.
Se estima que alrededor de una décima parte de la deuda externa de Venezuela, que asciende a 150.000 millones de dólares, corresponde a préstamos de China que el país pagaba con cargamentos de petróleo. Hoy, con Estados Unidos controlando los ingresos del petróleo venezolano tras la captura de Maduro, la administración Trump exige a Rodríguez romper relaciones políticas y estratégicas con China, Rusia, Irán y Cuba como condición para que Venezuela vuelva a extraer y vender petróleo libremente. Marco Rubio fue más directo aún: advirtió que Caracas tenía pocas semanas para decidir antes de caer en insolvencia financiera.
Más allá del petróleo, la presencia china en Venezuela tenía una dimensión más siniestra. La presencia económica china en Venezuela se centró, entre otras cosas, en la compra de material de vigilancia y orden público por parte de Caracas y en la ayuda a la construcción de estaciones satelitales en terreno venezolano. En otras palabras: China ayudó al régimen a espiar a su propio pueblo. Las cámaras de vigilancia y los sistemas de interceptación de comunicaciones no fueron una contribución al desarrollo venezolano, sino una herramienta más de control social entregada a un gobierno autoritario.
El abrazo ruso: armas que no funcionan, influencia que sí
La relación con Rusia siguió una lógica diferente pero igualmente predatoria. Moscú no prestó decenas de miles de millones de dólares, sino que vendió armamento costoso y construyó dependencias técnicas que ataban a Venezuela a su órbita. Rusia estableció dependencias técnicas y de mantenimiento en las fuerzas armadas de Venezuela a través de la entrega de helicópteros, sistemas de defensa aérea y la construcción de infraestructuras como la fábrica de munición Kalashnikov en Venezuela, con una inversión de 474 millones de dólares.
El resultado de esa apuesta quedó expuesto en la Operación Resolución Absoluta. Los sistemas de radar y defensa aérea de fabricación rusa y china que el chavismo exhibía con orgullo en sus desfiles militares no detectaron el despliegue de 150 aeronaves estadounidenses. La presencia de instructores militares rusos y la instalación de sistemas de defensa aérea reforzaron formalmente la capacidad operativa del régimen, pero no pudieron resistir la presión de un conflicto real.
Cuando se consumó la captura de Maduro, Moscú no intervino militarmente. El Ministerio de Relaciones Exteriores ruso manifestó estar "extremadamente alarmado" y exigió una aclaración inmediata, calificando la acción como profundamente condenable. Un comunicado. Eso fue todo lo que recibió Maduro del aliado que lo había armado durante dos décadas. La "alianza estratégica" con Rusia resultó valer, en el momento decisivo, exactamente lo que habían valido sus radares: nada.
El eje iraní: Hezbola, drogas y drones
La alianza con Irán es la más oscura y la más peligrosa de las tres. Fue también la que más daño causó a la seguridad regional y la que más directamente vinculó al chavismo con el terrorismo internacional. Desde la llegada del chavismo al poder, Hezbola e Irán consolidaron una alianza estratégica con el régimen venezolano, el grupo criminal Tren de Aragua y el Cártel de los Soles, para facilitar el tráfico de cocaína y el blanqueo de capitales.
El mecanismo era sofisticado y devastador. Irán y redes asociadas al grupo terrorista Hezbola emplearon zonas francas y corredores comerciales para el tráfico de oro y el lavado de activos, utilizando mecanismos de intercambio financiero alternativos. La red de Ayman Joumaa logró lavar hasta 200 millones de dólares mensuales mediante el tráfico de cocaína y el uso de empresas fachada en Panamá, Colombia y Líbano.
La cooperación iraní con Venezuela no se limitó al lavado de dinero. La inversión iraní en Venezuela se manifestó en la construcción de fábricas de drones para el ejército venezolano, vuelos regulares de la Fuerza Quds desde Irán a través de África hasta Venezuela y la transferencia de conocimientos tecnológicos militares. Venezuela se convirtió, con la complicidad activa del chavismo, en una plataforma de proyección del poder iraní en el hemisferio occidental.
Con Irán en guerra abierta con Israel y Estados Unidos en 2025, y su aparato militar severamente dañado, Irán viene quedando aislado en la región frente al debilitamiento del llamado "Eje de resistencia" contra Israel y Estados Unidos. El socio que prometía ser un contrapeso al poder estadounidense está hoy más debilitado que nunca. Venezuela pagó el precio de esa apuesta con su propia seguridad y con la sangre de sus ciudadanos.
La encrucijada de Delcy
Antes del despliegue naval estadounidense, la administración de Maduro había ofrecido a Washington reducir drásticamente los lazos de exportación con China, Irán y Rusia. Maduro sabía que aflojar esas alianzas era un precio inevitable para evitar la intervención militar. La ironía es cruel: reconoció que esas alianzas eran una carga, no un activo. Lo reconoció demasiado tarde.
Delcy Rodríguez hereda ese laberinto. En su mensaje anual a la nación de enero de 2026, defendió el derecho soberano de Venezuela a mantener relaciones con China, Rusia, Cuba, Irán y también con Estados Unidos. Es una posición comprensible como punto de partida, pero insostenible como destino. Cada día que Venezuela mantenga esas alianzas en los términos del chavismo es un día en que cierra la puerta a los fondos del FMI, a la inversión privada occidental y a la normalización que el país desesperadamente necesita.
La pregunta que define el futuro venezolano no es si Delcy puede negociar con Washington. Ya lo está haciendo. La pregunta es si tiene la voluntad política de cortar con los socios que durante veinticinco años saquearon a Venezuela junto con el chavismo. China no construyó Venezuela: la endeudó. Rusia no la protegió: le vendió armas inservibles. Irán no la acompañó: usó su territorio como base del narcoterrorismo internacional. Esas no eran alianzas. Eran facturas.