La decisión de Estados Unidos de designar al Cártel de los Soles como organización terrorista extranjera representa un nuevo escalón en el conflicto diplomático con el gobierno de Nicolás Maduro. El Departamento de Estado sostiene que este cartel, presuntamente liderado por el propio mandatario venezolano, ha corrompido “el ejército, la inteligencia, la legislatura y el poder judicial”, transformando al Estado venezolano en un aparato criminal transnacional. Esta medida, que entra en vigor el 24 de noviembre, permite ampliar sanciones legales y financieras contra funcionarios chavistas y marca un viraje drástico en la estrategia de Washington.
Narcoterrorismo y geopolítica: un cóctel explosivo
Además de vincular a Maduro con el Cártel de los Soles, la Casa Blanca incluyó en sus señalamientos a organizaciones como el Tren de Aragua y el Cártel de Sinaloa, apuntando a una red regional de tráfico de drogas y violencia. La administración Trump elevó además la recompensa por la captura del presidente venezolano a 50 millones de dólares y prometió usar “todas las herramientas disponibles” contra los llamados narcoterroristas. Este nuevo marco legal, aunque no habilita directamente el uso de la fuerza militar, sí permite acciones más agresivas sobre activos financieros, infraestructura y redes logísticas chavistas.
La respuesta de Caracas: negación y contraataque
Desde Venezuela, la reacción no tardó en llegar. El canciller Yván Gil calificó la designación como una “ridícula patraña” y una maniobra política “fabricada” para justificar una intervención ilegal con fines económicos. Caracas sostiene que el Cártel de los Soles es una invención estadounidense y acusa directamente al secretario de Estado Marco Rubio de promover un plan de “cambio de régimen” enfocado en el control de las reservas petroleras venezolanas. Maduro, por su parte, reafirmó su disposición a resolver las diferencias por la vía diplomática y pidió diálogo directo con Washington.
Tensiones crecientes en el Caribe
La escalada verbal se desarrolla en paralelo con un preocupante despliegue militar estadounidense en el Caribe. El destructor USS Gravely atracó en Trinidad y Tobago mientras la Unidad 22 de Expedición Marina realizaba maniobras entre el 16 y el 21 de noviembre. Aunque Puerto España negó cualquier intención ofensiva, Caracas denunció estas acciones como parte de un cerco militar. En este contexto, la FAA emitió alertas para vuelos comerciales hacia Venezuela y varias aerolíneas suspendieron servicios, temiendo una eventual operación militar encubierta bajo el combate al narcotráfico.
¿Una narrativa en disputa o evidencia criminal?
El choque entre Washington y Caracas no es solo político o militar, también es narrativo. Mientras Estados Unidos presenta a Maduro como el jefe de un narcoestado, Venezuela acusa una operación propagandística imperialista. En este contexto, organizaciones como InSight Crime recomiendan precaución: afirman que, si bien existen funcionarios involucrados con el narcotráfico, es una “simplificación excesiva” caracterizar al gobierno como un cartel. Proponen, en cambio, entender la situación como un sistema de corrupción estructural con múltiples actores beneficiándose del crimen organizado.
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Escenario abierto y clima regional tenso
La oficialización del Cártel de los Soles como entidad terrorista coloca al gobierno de Maduro en la misma categoría legal que grupos como Hezbollah o Al-Qaeda, una clasificación que puede tener implicancias internacionales profundas. Si bien no se ha anunciado una intervención directa, la habilitación legal a operaciones financieras, la presión diplomática y el despliegue militar elevaron la tensión en el Caribe al punto más alto en años. El desenlace sigue abierto, pero la narrativa dominante sugiere que Venezuela se encamina hacia un nuevo ciclo de confrontación internacional que podría reconfigurar el tablero geopolítico regional.