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El sufrimiento en imágenes

Mariupol: "Hubo niños que sólo pudimos anestesiar para morir sin dolor". Testimonio de un médico

HIstoria y testimonios del sufrimiento de los habitantes de Mariupol: una ciudad con un alto nivel de vida en Ucrania, golpeada por la invasión rusa

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2 de mayo de 2022 - 14:16 Por Daniel Villalón

Mariupol. La ciudad ucraniana en la región de Donbas que ahora es tristemente reconocida en todo el mundo. Esa misma Mariupol que ahora se asocia con heroismo extremo, pero también con el dolor, el sufrimiento y la muerte. Para la ciudad, la vida se partió en un antes y un después de la invasión de Rusia.

A principios de 2022, la ciudad de Mariupol ocupaba el sexto lugar en el ranking de nivel de vida en Ucrania, superando incluso a la capital, Kyiv en términos de confort. La ciudad se desarrollaba rápidamente. Estaba llena de extranjeros, muchos de los cuales trabajaban en las organizaciones humanitarias internacionales que trabajan en Donbas desde 2014 después de la primera invasión de Rusia. Mariupol, a pesar de la proximidad del frente de batalla en el Donbas (aproximadamente 30 km del territorio de Donbas ocupado por Rusia), se consideraba bastante segura. Incluso ostentó el título de Capital de la Juventud Ucraniana en 2022.

En 2014, Mariupol ya fue atacada por los rusos, pero las tropas ucranianas lograron recuperar el control rápidamente, porque la ciudad no llegó a estar rodeada. Desde entonces, Mariupol se ha convertido en una historia de éxito en la región Donbas. Para combatir la propaganda rusa, el gobierno ucraniano ha invertido constantemente en el desarrollo de las ciudades del Donbas para ganarse el apoyo de los residentes locales y evitar que se repita el separatismo pro-ruso. Esa política tenía un rotundo éxito. Ocho años después, en este intento de ocupación del 2022, los invasores rusos enfrentaron una resistencia feroz, una confrontación extraordinaria y un heroísmo de los defensores de Mariupol extraordinario. Los rusos no lograron capturar la ciudad ucraniana, por lo que decidieron destruirla.

Los defensores de Mariupol no eran solo militares. Todos lucharon y sufrieron. Es de Mariupol que nos llegan testimonios de muertes por deshidratación, entierros grupales en canteros de flores, areneros infantiles y en patios residenciales, salidas mortíferas en busca de alimentos, ejecuciones de civiles, fosas comunes, bombardeos de hospitales y maternidades.

Entrevista realizada por Oleksandr Slyvchuk aportada en exclusiva a elarchivo.com

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Para comprender el nivel de terror en Mariupol, vale la pena leer los relatos de los testigos presenciales.

Estas historias son siempre como una película de terror y suspenso. Según los testimonios de los médicos que vieron las consecuencias del bombardeo de Mariupol, uno puede gracias a esos testimonios imaginar el nivel de tragedia, de muerte de familias enteras y generaciones rotas.

Durante la primera semana de la guerra, hasta que la margen izquierda de Mariupol quedó aislada de la ciudad, los médicos llegaron a trabajar. A principios de marzo permanecían en el quirófano dos cirujanos, dos traumatólogos y dos anestesiólogos. Andriy estaba entre ellos. Fueron ellos quienes realizaron decenas de operaciones, ayudaron a cientos de civiles. El hospital 4 y el hospital de maternidad eran las únicas instituciones médicas en esta parte de la ciudad.

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Andriy Serbin tiene 27 años, trabajaba como anestesiólogo en el hospital 4 en Mariupol.

El 24 de febrero, día de la invasión de Rusia, el joven médico llegó a su hospital como todos los días pero esta vez, se pudo ir casi un mes más tarde: el 21 de marzo.

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Compartimos aquí el testimonio personal del médico de Mariupol, quien trabajaba en el hospital de la ciudad bajo el bombardeo. Su testimonio aquí reproducido nos permite entender el horror que Rusia provocó para los ciudadanos de Mariupol.

Su testimonio:

Frío sin fin

Tuvimos que ejercer la medicina en un hospital aislado del mundo e hicimos nuestro trabajo. Eso era todo. Esto no fue heroísmo, sino las circunstancias en que nos tocó trabajar. Los primeros heridos nos llegaron el 25 de febrero, el segundo día de la guerra. No había calefacción desde finales de febrero. Y el 3 de marzo se cayeron los vidrios a lo largo de toda la fachada norte. Ya no funcionaba electricidad. Además, afuera hacía más frío. Por eso no teníamos más de 4 grados de calor en habitaciónes. Así tuvimos que trabajar y así tuvieron que soportar el dolor nuestros pacientes.

No podíamos permitirnos poner estufas eléctricas, porque la electricidad provenía de un generador diesel. Había muy poco combustible diesel y había que ahorrarlo. El hospital tenía un pequeña reserva de combustibe pero se gastó al segundo día. Mientras las estaciones de servicio seguían funcionando, la administración del hospital compraba combustible los primeros días, luego los militares ucranianos nos lo traían tres o cuatro veces a la semana. Los pacientes que se iban curando, igual se quedaban en el hospital. Recargaron el generador, monitorearon su buen funcionamiento. Pero el 21 de marzo, cuando nos evacuabamos, el médico jefe dijo: "El combustible diesel se deja para 3 ó 4 horas de funcionamiento del generador".

Había dos caloventores para todo el hospital. Estaban en los quirófanos y solo se encendían cuando una operación estaba en curso. Las ventanas de los quirófanos volaron inmediatamente después de los primeros bombardeos, por lo que nos trasladamos a las salas preoperatorias, que eran salas más o menos seguras y cumplían con “la regla de las dos paredes” (debe haber dos paredes entre la persona y la calle). La primera pared adquiere la fuerza de una explosión: una ventana o una pared entera pueden derrumbarse. La segunda pared abosrove el impacto de los fragmentos.

Sin embargo, recuerdo algunos episodios cuando en medio de la operación “algo” cayó tan cecra que nuestras puertas se abrieron con un estrépito.

Por el frío, nos pusimos toda la ropa que teníamos. Y encima, los gardapolvos de protección de COVID-19 (antes de la guerra, aquí se trataba a pacientes con COVID-19). Primero, para proteger las cosas de sangre, vómito y otros fluidos biológicos, que se untaban absolutamente en todo. Pero también, como abrigo.

Aquellas oportunidades en que permanecíamos en la sala de operaciones durante mucho tiempo, nos congelabamos, por lo que los médicos y el personal médico se nos vimos emocionalmente muy afectados. Todos sufríamos. Las mujeres no podían soportarlo, iban a algún lugar, se envolvían en una manta y se sentaban tratando de calentarse.

Al borde del hambre

Hasta 2 de marzo, las tiendas todavía estaban abiertas y era posible (arriesgando la vida) conseguir algo aunque no tuviese ningún valor nutricional, como patatas fritas o aceitunas. El primer día hicimos una salida corta y compramos cuatro panes. Comimos de esos panes hasta mediados de marzo. Después ya no teníamos más pan.

El hospital tenía una unidad de catering con suministros de alimentos. Dividíamos esta comida por secciones, cocinabamos en cocinas improvisadas mientras se realizaban operaciones, se encendía el generador y aparecía la luz eléctrica. La comida, por supuesto, era excepcionalmente económica y muy baja en proteínas y calorías. Además de la falta de alimentos se sumó el problema como cocinar. En nuestro departamento solo teníamos dos anafes y deberíamos cocinar para 20 personas. En consecuencia, las porciones eran muy pequeñas.

El agua para cocinar era de un pozo, lo cual fue una gran ventaja. El pozo, cuya bomba funcionaba con paneles solares, estaba a pocos kilómetros del hospital. Una vez cada 2 o 3 días cargamos todos los contenedores disponibles en una de las ambulancias y conducimos por agua a través de la ciudad, que era bombardeada constantemente. El agua para cocinar era de un pozo, lo cual fue una gran ventaja. El pozo, cuya bomba funcionaba con paneles solares, estaba a pocos kilómetros del hospital. Una vez cada 2 o 3 días cargamos todos los contenedores disponibles en una de las ambulancias y conducimos por agua a través de la ciudad, que era bombardeada constantemente.

Éstas salidas con riesgo de muerte nos daban pánico, terror. Cuando llegabamos al pozo (era en el patio de una casa) siempre había largas colas. De hecho, era el único lugar donde se podía obtener agua potable. La gente nos dejaba pasar a los medicos sin hacer cola. Las personas que no se atrevían a viajar por mierdo en búsqueda de agua la sacaban de la alcantarilla. La filtraban, hervían, pero incluso después de eso olía a podrido y tenía un gusto desagradable.

Creo que el diez de marzo operamos a un paciente cuyos familiares nos trajeron una caja de cogotitos de pollo en agradecimiento. Para ser honesto, nunca antes les comía. Pero en ese momento, el sabor olvidado de la carne animó significativamente al equipo. Hervimos, estofamos, freimos estos cuellos. Por supuesto, a nadie les gustaban realmente, pero todos comimos. En general y aunque en estas condiciones, logramos comer dos veces al día. Pero dado el frío, el trabajo, el estrés, la sensación inminente de la finitud de estos suministros de alimentos y la infinidad de este asedio, desarrollamos una actitud muy reverente hacia la comida.

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Más sobrevivientes que muertos

En medicina, existe el concepto de "hora dorada". O sea, después de una lesión, el paciente necesita ayuda lo antes posible. Mientras antes reciba tratamiento, más chances tiene de salvar la vida. Más chances tiene de una recuperación exitosa. En Mariupol, nadie vino a ayudarnos durante la "hora dorada". Había personas que, con las piernas arrancadas, quedaban varios días tirados en la calle. Y quedaban así hasta que fueron encontrados y enviados a nuestro hospital. Ví tales pérdidas de sangre que no puedo entender todavía cómo sobrevieron luego a la operación.

Estimo que uno de cada cinco de los pacientes que recibimos durante esta invasión, murió. Para mí es una cifra increíble. Y tuvimos que hacer nuestro tabajo en condiciones de falta de agua y de luz, sin un equípo completo de especialistas, en condiciones de flujos masivos de pacientes, cuando había más víctimas que personal médico, afortunadamente el resultado final fue más sobrevivientes que fallecidos.

Durante los primeros dias, las víctimas llegaban en ambulancia. Luego, me parece, entre el 7 y 8 de marzo las tropas rusas bombardearon Mariupol muy fuertemente. Se interrumpió la comunicación con la margen izquierda de la ciudad donde se encuentra el hospital. Desde ese momento, los heridos, los pacientes llegaban como sea que pudiesen.

Las víctimas llegaban en cualquier cosa que las podían traer. Muchas veces los militares hicieron de ambulancias. Había un vehículo blindado, aparentemente no militar, marcado con cruces rojas. Nos trajo mucha gente. La vecinos nos traían los heridos sobre puertas, tablas, frazadas arrastrándolos por el suelo. Como fuese. El 20 de marzo llegó solo un herido. El mismo día había un muerto. Doctor Anatoliy Kazantsev. Era uno de los veteranos del hospital. Tenía más de 60 años. Trabajó como jefe de la sección de enfermedades infecciosas de niños. El 20 de marzo por la mañana, el doctor con un ayudante salió del refugio de su edificio para llevar agua caliente al refugio del edificio vecino de infectología que estaba a 10 metros. De repente oimos una explosión cerca del edificio al que se dirigía el doctor Kazantsev. Murió de una lesión cerebral. Lo enterramos en un cantero de flores entre dos edificios, a dos metros de su lugar de trabajo. El resto de los muertos fueron metidos en bolsas y sacados al patio. Yacían debajo de la pared del hospital. De acuerdo con las reglas, los forenses deben determinar qué causó la muerte de cada persona. Sólo entonces es permitido enterrar.

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Ayudar a los niños eleva la moral

Durante el asedio de los bombardeos recibimos alrededor de 15 niños heridos. Lo peor eran las lesiones cerebrales traumáticas. Nuestro hospital no se especializaba en neurotraumas, por lo que no teníamos neurocirujanos. Recuerdo bien a la primera chica. Se llamaba Anna. Por una explosión, una rueda del auto golpeó a la niña en la nuca. Todos inmediatamente comenzaron a cuidar a la niña. Y uno de nuestros jóvenes traumatólogos realizó una craneotomía descompresiva. El joven traumatólogo realizó una operación que absolutamente no estaba en su área de competencia profesional. Era exactamente lo mismo que si un terapeuta extrajera el apéndice. Anna pasó un período de recuperación difícil después de la operación. Durante cinco días, la niña estaba conectada a un respidador. Casi todos los dispositivos funcionan desde la red. Por supuesto, no había electricidad. Pero teníamos cinco baterías. Mientras el generador estaba funcionando, los cargamos. Cuando se descargó un dispositivo, cambiamos rápidamente a la niña al otro, y así constantemente. Esta era una situación absolutamente extraordinaria. Luego pudimos desconectar a Anna del soporte respiratorio, ella estaba respirando por sí misma. Y el 18 de marzo, mostraba signos de recuperación neurológica. El 21 de marzo, recuperó la conciencia e incluso podía mantener un contacto mínimo en el nivel de “sí” o “no”. Estábamos muy orgullosos de haber logrado salvarla. Cuando Anna todavía estaba conectada al respirador, llegó el próximo niño, uno de 6 años. También tenía una lesión en la cabeza. Después de la operación, se recuperó muy bien neurológicamente. Y luego vi en los noticieros de Mariupol su foto con su abuela. Se quedaron en la ciudad. Nuestra ayuda a los niños, su recuperación después de las operaciones en tales condiciones… fueron acontecimientos que elevaron nuestra moral y ánimo.

Desafortunadamente, enfrentabamos diferentes casos. Muchas veces traían niños muertos. Y era aún peor cuando los niños llegaron vivos a nosotros, y no pudimos hacer nada para ayudar. Desafortunadamente, enfrentabamos diferentes casos. Muchas veces traían niños muertos. Y era aún peor cuando los niños llegaron vivos a nosotros, y no pudimos hacer nada para ayudar.

Existe el concepto de "triaje" - selección médica de pacientes. Hay categorías de pacientes que no son tratados: agonizantes, extremadamente graves, los que no sobrevivirán a la cirugía. Se considera incorrecto curarlos en primer lugar, ya que alguien con una lesión grave, pero con altas posibilidades de sobrevivir, puede no recibir atención médica y morir. Era difícil tomar tales decisiones: "Eso es todo, ya no estamos brindando asistencia a este paciente".

Una madre, una abuela y un niño de un año después del bombardeo salieron al patio para cocinar. De repente impactó un proyectil. Todos tenían lesiónes en sus cabezas. L mamá acabó con unos rasguños. La abuela tenía un trauma bastante severo en el cráneo facial, su ojo resultó gravemente herido. Pero el niño de un año fue golpeado en la cabeza por un fragmento que entró y salió a través de la parte frontal del craneo. Lo trajeron vivo. El contenido del cráneo estaba afuera. La madre, por supuesto, se negó a entender que no había posibilidades. Anestesiamos al bebé. Desafortunadamente, con eso nuestra ayuda se terminó. El niño de 1 año murió 15 minutos después de su llegada al hospital.

Hubo otro episodio. Trajeron dos niños, de 10 y 16 años. Según entendí, no eran parientes, pero los trajeron del mismo lugar con heridas graves en la cabeza. No pudimos hacer nada. Sólo anestesiarlos. Lo pusieron uno encima del otro. Cubiertos con una manta. Y eso fue todo.

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Vacío de información

No pensábamos en la evacuación. Pero desde que el 5 y 6 de marzo se perdió la red telefónica móvil, estábamos en un vacío de información: no sabíamos nada sobre los “corredores verdes” o lo que estaba sucediendo.

Además, regularmente recibíamos heridos, que venían con una historia tan típica: "Escuchamos que alguien dijo que habría un 'corredor verde', nos fuimos. Y nos dispararon cuando estábamos en la caravana de evacuación". Alguien tenía un agujero en el estómago, alguién pirdió el brazo. Alguien murió inmediatamente. Este vacío afectó no sólo a nuestro hospital, sino a toda la margen izquierda de Mariupol.

El día 16 de Marzo, alguien por la noche captó señal de celular aunque muy débil, en el cuarto piso. Y desde aquel momento comenzó allí “la peregrinación”. Todos se levantaron, sacaron la mano por la ventana, intentaron captar la conexión, informábamos a nuestros familiares que estabamos vivos. Ya que para ellos, por lo que pasaba, nos imaginaron muertos varias veces. Y cuando conseguimos una conexión, exclusivamente por teléfono, empezamos a saber de nuestros familiares las noticias más relevantes, que realmente habían rutas de salida aproximadamente seguras. Empazamos así a planear la evacuación. Teníamos la intención de partir hacia territorio controlado por Ucrania. Ninguno de nosotros quería quedarse a trabajar y vivir en la república autoproclamada de Donetsk "DNR" o en Rusia.

El chófer dijo: "¡Andriy, salta!" Y entendí por qué

El 18 de marzo, nuestro barrio fue bombardeado con mucha fuerza y precisión. Al otro lado de la calle, un hospital se incendió. Se quemó tan activamente que la miramos durante dos días y pensamos: "¿Qué pasaría si nuestro hospital se incendia?"

Y este miedo de que no solo podría impactar proyectíl, sino que podría comenzar un incendio, nos hizo consolidar fuertemente los esfuerzos para preparar la evacuación. Hubo varios intentos fallidos de salir en el sentido de la margen izquierda de Mariupol que no se hicieron. Ahora entiendo que fue una decisión correcta, porque las caravanas de evacuación de esos corredores verdes fueron atacadas y la mayoría de los civiles morían. El principal problema era que el "corredor verde" nos hacía cruzar toda la ciudad de Mariupol bajo bombardeo. El barrio de la margen izquierda de Mariupol donde nos encontrabamos estaba más cerca de la ciuada de Novoazovsk controlado por la pseudo república prorusa llamada "DNR". Necesitábamos la salida opuesta de la ciudad, la occidental, y para llegar allí teníamos que cruzar Mariupol.

Un intento de evacuación típico en Mariupol desde la orilla izquierda del río Kalmius era así: la gente conducía hasta el puente, veía barricadas de automóviles, intentaba pasarlas. Según la cantidad de autos abatidos cerca de las barricadas con cadáveres adentro, para muchos la ruta de evacuación terminaba allí. Un intento de evacuación típico en Mariupol desde la orilla izquierda del río Kalmius era así: la gente conducía hasta el puente, veía barricadas de automóviles, intentaba pasarlas. Según la cantidad de autos abatidos cerca de las barricadas con cadáveres adentro, para muchos la ruta de evacuación terminaba allí.

Un intento de evacuación exitoso para nosotros fue el 21 de marzo. Nos alineamos de una columna de siete coches. El día anterior, un amigo de nuestro compañero se evacuó y nos dio información valiosa de la ruta que tomó. Era necesario conducir por la calle Pashkovsky hasta el malecón del río Kalmius. Llegar hacia un campo minado, desviar y continuar la vía por los "caminos partisanos" saltando la acera, evitando los bloques de hormigón arrancados, pasando por los puestos de control del la planta "Azovstal", que se estaban totalmente destruidos.

Era una carretera de seis carriles. No había ni un solo metro cuadrado donde no hubiese tirado un enorme bloque de hormigón. El camino siguió a tráves de la planta "Azovstal" (un territorio enorme que forma parte de Mariupol), que era bombardeada sin parar. Literalmente. En ese lugar era necesario seguir las vías del tranvía, desviarse para llegar al puente. Entre la barricada de autos y la barandilla del puente había un espacio del ancho de un auto de pasajeros ordinario, incluso sin espejos. Los que los tenían doblados, fueron doblados, el resto se fue como estaba. Nos filtramos por esta grieta con toda la columna.

En un lugar en la carretera nos topamos con un poste caído de línea eléctrica de trolebús. El cable cruzaba la calle. Al pasar, el auto lo engancharía y arrastraría. Yo estaba en el primer coche de la columna. Nos acercamos, entendemos que era imposible dar la vuelta, y el conductor dijo: "¡Andriy, salta!" Entendí por qué. Salté, levanté un cable de metal sobre mi cabeza y dejé pasar a toda la columna. Tiré el cable, rápidamente corrí hacia nuestro auto. Manejaron a baja velocidad para que yo pudiera subirme al auto sobre la marcha. Nuestro tanque se encontraba en la entrada de los puntos de control centrales de la planta Azovstal. Al lado había un embudo de dos carriles de ancho y hasta la cintura. Los coches no podían pasar por la carretera. Los conductores, saltando sobre la acera, condujeron entre el embudo y el tanque. Así que infiltramos a los puntos de control centrales. Había otro puente. En aquel momento ya había sido destruido. Pero cerca había otro, siempre lo llamaban el Viejo o el Jorobado. Para ser honesto, en casi cuatro años de mi vida en Mariupol, nunca había visto a nadie conduciendo sobre ese puente. Pensé que solo podías pararte sobre él con una caña de pescar, ya que nada más pesado que un carro podía pasar por encima. Pero pasamos.

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A partir de ese momento se inició una ruta relativamente segura. Y luego una historia típica para mí como dos veces refugiado: puestos de control, interrogatorios, inspecciones, comunicación con gente agradable con ametralladoras. En los puestos de control rusos, nos pedían que nos desvistiéramos: buscaban tatuajes y huellas del uso de armas (por ejemplo moretones por impacto de bala que dejan los chalecos antibala).

En nuestra columna había un auto que no tenía el tanque lleno. Y todos sabíamos por cierto que lo remolcaríamos. Se le acabó la gasolina 20 kilómetros antes de llegar a la ciudad de Mangush (ciudad vecina de Mariupol). Remolcamos el auto hasta la ciudad de Tokmak (150 km desde Mangush).

La entrega de combustible se organizó en Tokmak. Repostamos y condujimos hasta Zaporizhzhia (ciudad grande regional, 230 km desde Mariupol). El 26 de marzo estuve en la región de Dnipropetrovsk (región vecino a la región de Zaporizhzhia). El 30 de marzo me ofrecí para trabajar como médico.

Nos fuimos, pero nuestros pacientes se quedaron.

¿He cambiado? En Mariupol había que trabajar, salvar vidas, tomar decisiones, luchar, calentarse, al final comer por lo menos algo. Y yo vivía, trabajaba, formaba parte constante de los equipos operativos y trataba de no pensar en nada de eso. Otra cosa son los pensamientos después de Mariupol. Al día siguiente de nuestra partida fue impactado el cuarto piso del hospital donde estaba casi todo el tiempo junto con otros empleados. Esta explosión mató a varios médicos.

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La situación que nos fuimos y se quedaron nuestros pacientes es muy dolorosa. Cada médico establece una conexión emocional con el paciente, en el proceso de tratamiento, la persona deja de ser un extraño para ti. Nos convencimos de que habíamos hecho todo lo posible, especialmente en las condiciones que se habían desarrollado: "Un día o dos más y simplemente nos quedaríamos sin nada. No habría material de sutura, ni alcohol para el desinfección. No habría medios para brindar asistencia". Y, sin embargo, todos estábamos heridos porque dejamos pacientes y nos íbamos. Los médicos no actuan de tál manera. Usualmente. Pero no puedo culparme por tomar la decisión de huir de Mariupol. Es normal. Todos los que se fueron conmigo tienen algún grado de duda desde el punto de vista ético.

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