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Enemigo común

Europa: la alianza de derechas contra el islam radicalizado

Desde Italia hasta Países Bajos, los partidos de derecha y ultraderecha de Europa están uniendo discursos en defensa de los “valores cristianos de Occidente”.

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11 de noviembre de 2025 - 12:21 Por Fiamma Tognoli

Desde Roma hasta Ámsterdam, los partidos de derecha y ultraderecha europeas están uniendo discursos en defensa de los “valores cristianos de Occidente”. Bajo la promesa de proteger la identidad europea, construyen un enemigo común: el islam. En un continente donde ya viven más de 46 millones de musulmanes, la pregunta es si Europa podrá seguir definiéndose por lo que teme o si será capaz de repensar qué significa ser occidental.

Una Europa que se reconfigura

Europa atraviesa una transformación demográfica y cultural que desafía su autopercepción. Hay una realidad estructural: más de 46 millones de musulmanes viven hoy en el continente, y podrían representar un significativo porcentaje de la población para 2050. En ciudades como Bruselas o Marsella, uno de cada cuatro jóvenes menores de veinte años es musulmán. Se trata mayormente de segundas o terceras generaciones, nacidos en territorio europeo.

En los últimos años, los principales partidos conservadores y de extrema derecha europeos han encontrado en el islam un enemigo útil. En Italia, Giorgia Meloni reivindica la defensa de la “civilización cristiana” y promueve leyes que prohíben el velo integral y regulan las mezquitas, en nombre de la identidad nacional. En España, Santiago Abascal y Vox denuncian “la amenaza del islamismo” y proponen cerrar templos musulmanes y limitar las festividades religiosas. En Francia, Marine Le Pen promete “liberar los barrios del islam político” y hacer del control religioso una política de seguridad. En Países Bajos, Geert Wilders pide la prohibición del Corán y el cierre de mezquitas, afirmando que “Europa debe elegir entre el islam o la libertad”.

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Bajo distintos matices, todos comparten el mismo relato: la defensa de una Europa cristiana frente al avance musulmán. Ser occidental ya no implica solo pertenecer geográficamente a Europa, sino compartir un conjunto de valores: laicidad, libertad, igualdad, secularismo.

Hoy, sin embargo, la idea de “Occidente” se reinterpreta políticamente: se vuelve un marcador de pureza cultural y un escudo frente a la diversidad. En manos de las derechas, “los valores cristianos” dejan de ser un símbolo moral para transformarse en un signo de pertenencia étnica y civilizatoria.

Detrás de esas medidas se repite: el islam como enemigo interno, el extranjero como amenaza, la nación como refugio. Es un discurso que no necesita hechos para sostenerse, sino emociones. Su combustible es el miedo, y su función es política: construir cohesión a partir del rechazo, traducir ese miedo en votos, y sobre todo atribuir las falencias en la gestión estatal a un blanco fácil. En la Europa del siglo XXI, el musulmán cumple el rol de un otro absoluto sobre el que proyectar temores colectivos. Los discursos anti-musulmanes no distinguen entre el creyente practicante y el fanático extremista; entre la tradición y el fanatismo. En ellos se apoya una retórica que presenta a Europa como una fortaleza sitiada, y al islam como una fuerza invasora que pone en peligro la civilización occidental. El islam, así, deja de ser una religión más para transformarse en el símbolo de todo lo que Europa teme perder: el control, la homogeneidad, la certeza de su lugar en el mundo.

Esa generalización tiene consecuencias concretas. Estudios recientes muestran que los musulmanes enfrentan mayores dificultades para acceder al empleo, sufren discriminación institucional y son objeto de vigilancia policial desproporcionada. Muchos creen que los musulmanes quieren “tomar el control de Europa”, y consideran que sus valores son incompatibles con los europeos.

Entre el pluralismo y la seguridad

En las últimas dos décadas, Europa se ha enfrentado a una tensión estructural entre su identidad democrática y el desafío que representa el extremismo islámico como amenaza de seguridad. Desde los atentados de Madrid (2004) y Londres (2005), la Unión Europea definió al terrorismo como una de las principales amenazas en su Estrategia Europea de Seguridad, adoptando un enfoque integral que combina prevención, protección, persecución y respuesta. Actualmente afirman que el terrorismo “ha evolucionado y representa una nueva amenaza incluso en el seno de nuestra propia sociedad”, vinculada a la delincuencia organizada y a redes internacionales con capacidad de actuar dentro del territorio europeo. En paralelo, el Consejo de la UE impulsó políticas orientadas a frenar la radicalización y la captación de jóvenes, promover el diálogo intercultural y reforzar la cooperación entre agencias nacionales y europeas. No obstante, la expansión de Internet, la circulación global de narrativas yihadistas y los conflictos en Medio Oriente ampliaron las conexiones entre dinámicas locales y redes transnacionales, desbordando los marcos clásicos de seguridad y generando un escenario en el que las amenazas internas y externas se entrelazan.

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Desde una perspectiva social, la raíz del extremismo no puede explicarse únicamente por un “fracaso de integración”. Como advierte la investigadora Anna Triandafyllidou en su estudio European Muslims: Caught between Local Integration Challenges and Global Terrorism Discourses, la radicalización de una minoría de jóvenes musulmanes europeos se nutre de tensiones global-locales que van más allá de la marginación socioeconómica. Muchos de los denominados “combatientes extranjeros”, jóvenes nacidos en Europa o convertidos al islam, son producto de un entorno donde la identidad musulmana se construye en oposición a los valores occidentales percibidos como hostiles, en un contexto mediático y político que tiende a homogeneizar y estigmatizar a las comunidades islámicas. Este fenómeno se complejiza por el modo en que la religión es empleada como marcador étnico y político, reforzando la idea de un “ellos” ajeno a los valores liberales europeos. Frente a ello, el Fact Sheet No. 32 de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU recuerda que el terrorismo, al atacar la vida, la libertad y la dignidad humanas, destruye los fundamentos mismos del Estado de derecho. Sin embargo, advierte también que las respuestas estatales basadas en la excepción socavan los derechos humanos y alimentan la desconfianza hacia las instituciones. Europa se encuentra ante un dilema: garantizar su seguridad sin traicionar los principios de libertad, pluralismo y justicia que definen su identidad. El desafío no solo radica en contener la amenaza terrorista, sino en evitar que el miedo erosione los valores que la Unión se comprometió a proteger.

Mientras tanto, el islam europeo busca su lugar. Comunidades reformistas como la Ahmadía defienden un islam humanista y compatible con la democracia, la igualdad de género y la educación moderna.

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