22 de julio de 2025 - 07:20 Por Lucas Garcia En la planta militar de Yelabuga, en Rusia, adolescentes de tan solo 15 años ensamblan drones kamikaze destinados a la guerra de Vladimir Putin contra Ucrania. Según el Ministerio de Defensa ruso, más de 5.000 unidades son fabricadas mensualmente, en un esfuerzo por reforzar los ataques nocturnos. Las imágenes difundidas por la televisión estatal muestran a jóvenes trabajadores en línea de producción, destacando el rol que el Gobierno ruso asigna a esta nueva generación en plena escalada bélica.
La producción incluye los drones Gran-2, versión rusa del modelo Shahed 136 iraní, utilizados para bombardear ciudades ucranianas. Estos vehículos no tripulados, ensamblados por menores en instalaciones como el Parnour Hall, forman parte de la estrategia de Vladímir Putin para desmoralizar a la población y desafiar la resistencia ucraniana. Los adolescentes provienen en su mayoría de escuelas técnicas, incorporándose a tareas de ensamblaje y monitoreo digital.
La ofensiva rusa no solo se refuerza militarmente, sino también diplomáticamente. Putin ha rechazado los intentos de negociación de paz, incluso frente a las advertencias del expresidente estadounidense Donald Trump. El líder republicano propuso a Moscú un plazo de 50 días para un alto el fuego, bajo amenaza de sanciones, mientras Rusia insiste en alcanzar sus objetivos bélicos antes de dialogar. Las proyecciones indican que el Kremlin planea usar miles de drones Shahed por noche, en lo que analistas califican como un cambio de doctrina ofensiva.
Lluvia de drones: la estrategia letal de Putin
Las cifras son alarmantes: solo en la primera mitad de 2025, Rusia produjo 18.000 drones en Yelabuga. Durante el ataque más masivo del 9 de julio, fueron lanzados 741 misiles y drones sobre Ucrania. Expertos señalan que el uso de estos dispositivos, de fabricación barata —entre 35 y 50 dólares—, busca erosionar la moral ucraniana mientras obliga a Occidente a invertir millones en defensas antiaéreas. Cada misil Patriot que intercepta un dron cuesta alrededor de 5,5 millones de dólares, generando un enorme desequilibrio económico.
El oficial alemán Christian Freuding advirtió que Rusia busca alcanzar una capacidad de 2.000 ataques nocturnos diarios, lo que llevaría los sistemas ucranianos al límite. La planta de Yelabuga, inaugurada en 2023, forma parte de la Zona Económica Especial de Alabuga, diseñada para reducir la dependencia tecnológica extranjera. El dron Gran-2, de 3,5 metros de largo, puede transportar una ojiva de 50 kilogramos y alcanzar velocidades de 300 km/h, consolidando su rol como arma estratégica.
La guerra que no para
Más allá de lo militar, la dimensión política se agudiza. Putin ha rechazado públicamente las propuestas de Trump, alejando las chances de un alto el fuego. Analistas consideran que esta postura representa un error geopolítico con impacto en la imagen global de Moscú. Rusia ha perdido apoyos en el Cáucaso y Asia Central, mientras sus principales aliados —como Irán y Siria— están debilitados. Hoy, su proveedor clave de armas es Corea del Norte, un actor aislado en el escenario internacional.
Ante este panorama, Trump anunció que, si no hay avances antes de septiembre, impulsará nuevas sanciones contra Rusia y sus socios comerciales. Además, prometió armar a Ucrania con tecnología militar estadounidense financiada por Europa. El conflicto entra así en una fase crítica, con la escalada tecnológica, la participación de menores en la industria bélica y la diplomacia bloqueada, como síntomas de una guerra que se aleja cada vez más de una solución.