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vuelta a las urnas

Israel: cae el gobierno y la crisis política se perpetúa.

Esta coalición de gobierno en Israel fue un insólito experimento "anti grieta" que juntó a partidos que iban desde la extrema derecha hasta una formación árabe.

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21 de junio de 2022 - 16:40 Por Damian Szvalb

Desde su ambiciosa e inevitable conformación, la coalición de gobierno nunca estuvo preparada para afrontar los severos desafíos que afronta el país. Lo que la hizo estallar fue su fracaso para abordar de manera eficiente las tensiones con los palestinos, que volvieron a ocupar un espacio central en la agenda política en Israel.

Si bien Bennett y Lapid decidieron convocar una votación para disolver el Parlamento por la imposibilidad de renovar una ley que regula los asentamientos israelíes en Cisjordania, que expirará a fines de mes (dos diputados de la mayoría se opusieron y otros cuatro de sus parlamentarios se ausentaron de la Cámara, agravando la descomposición de la coalición), fueron los palestinos y Joe Biden quienes les impusieron una agenda imposible de soportar para esta coalición.

Bennett cae luego de hacer todo lo posible para salvar la coalición, pero lo paradójico es que quien lo termina hundiendo es su propio partido, el ultranacionalista Yamina, que se fue deshilachando por no aguantar la convivencia con la izquierda y con partidos árabes.

Después de un inicio de mandato marcado por éxitos como el control de la pandemia, el mejoramiento de la economía y el deshielo diplomático con países islámicos, el verdadero inicio del desmembramiento del gobierno coincide con la ola de ataques terroristas en abril, que dejaron alrededor de 20 israelíes asesinados y con los enfrentamientos entre palestinos y policías en Jerusalén en el mes de Ramadán. También la autorización de la marcha por el Día de Jerusalén por el barrio musulmán de la Ciudad Vieja a finales de mayo, expuso los desacuerdos internos en el Gobierno.

Durante esos momentos, Bennett necesitaba mostrarse firme y capaz de garantizar la seguridad. Pero nunca tuvo soporte político, ni siquiera de su propio partido. Y del otro lado Bibi Netanyahu y todo lo que está a su derecha criticaron al Gobierno argumentando lo que era evidente: una coalición tan heterodoxa y frágil no iba a ser capaz de ponerse de acuerdo para resolver problemas de seguridad.

Además de la violencia en las calles de Israel, los palestinos, que se sienten al borde del precipicio por ser ninguneados hasta por sus aliados árabes (seis países normalizaron relaciones con Israel sin importarles su destino), emprendieron una fuerte presión diplomática a través de Estados Unidos. Y tuvieron éxito. Cuando la guerra en Ucrania y la inflación le deja un rato de tiempo, Biden intenta reinstalar el tema palestino en la agenda de Medio Oriente.

Cada vez que puede, la administración Biden, quien visitará la región en un mes, dice estar comprometida con los palestinos y con la solución de dos estados. Por eso está tratando de crear un “horizonte político” o proceso diplomático entre funcionarios israelíes y palestinos que el gobierno de Bennett siempre rechazó. Biden hace todo esto, más que por ninguna otra cosa, para demostrarle al presidente palestino, Mahmoud Abbas, que escucha sus reclamos y que quiere cumplir lo que dijo en la campaña electoral contra Trump cuando prometió que iba a volver a subir a los palestinos al escenario internacional.

¿Será la oportunidad de Lapid?

Ahora Yair Lapid asumirá el gobierno como primer Ministro interino hasta, por lo menos, las elecciones de octubre. Seguramente aprovechará ese lugar para posicionarse como candidato. Al mejor estilo Macron, a quien tiene como modelo, profundizará su centrismo: “ni de izquierda ni de derecha” podría ser perfectamente su slogan de campaña. Desde ese lugar ya dijo que buscará bajar el costo de vida y afrontar los desafíos de seguridad frente a las amenazas de Irán, Hamás y Hezbolá.

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Lapid asumirá el gobierno como primer ministro interino hasta, por lo menos, las elecciones de octubre. Seguramente aprovechará ese lugar para posicionarse como candidato y competir contra Bibi Netanyahu.

Lapid asumirá el gobierno como primer ministro interino hasta, por lo menos, las elecciones de octubre. Seguramente aprovechará ese lugar para posicionarse como candidato y competir contra Bibi Netanyahu.

Pero quizás lo más importante y novedoso es que ya avisó que intentará ubicar a Bibi dentro del campo de los líderes “iliberales” que cada vez tienen más presencia global. Buscará equipararlo, a él y a sus socios ultraortodoxos y de extrema derecha, con Le Pen, Vox, Orban y, si se atreve, con Putin. Es decir, con aquellos que horadan el sistema democrático desde adentro. Prometió ser inflexible con “las fuerzas internas que amenazan con convertir a Israel en un país no democrático” en clara alusión a la oposición encabezada por el Netanyahu. Una grieta muy profunda.

Lapid buscará cazar votos de los desencantados de los partidos tradicionales, sobre todo del Likud y de lo que queda de Avoda, que no quieren soluciones extremas, ni por izquierda ni por derecha. Hablará de la solución de los dos Estados para captar a la izquierda, defenderá el laicismo y tendrá muy presente a las clases medias urbanas descontentas por la situación económica.

En el tema palestino no la tendrá fácil porque cada vez es más difícil retomar el camino de la solución de los dos estados, en la que él todavía cree. Parece imposible generar o proponer una “hoja de ruta” para reestablecer el diálogo con los palestinos en este contexto. Todo está limitado por las pésimas condiciones de seguridad para aceptar un estado palestino junto a Israel. La violencia y las amenazas de Hamás y Hezbolla, apoyados por Irán, pegados a la frontera lo demuestran.

Lapid deberá dejar en claro qué piensa hacer con los palestinos y con Irán, que está de vuelta en la consideración de Occidente tanto por su plan nuclear como por su capacidad de sustituir el petróleo que nadie le quiere comprar ahora a los rusos. Ya no hay lugar para seguir improvisando.

Sobre esas bases deberá construir una coalición para gobernar y no solo para evitar que Bibi vuelva al poder. Necesita poder real para romper el eterno statu quo que domina la política exterior de Israel desde hace por lo menos 10 años. Esto significa buscar un plan B para su relacionamiento con Irán si la comunidad internacional decide finalmente reactivar el pacto nuclear y sobre todo dar el paso decisivo para cambiar definitivamente el Medio Oriente: normalizar las relaciones con Arabia Saudita.

Del otro lado todo está más claro. Bibi y sus socios de extrema derecha la tienen más fácil: quieren restablecer un gobierno nacionalista. El electorado israelí viene demostrando, elección tras elección, su apoyo a esa idea. El bloque religioso-nacionalista que sigue liderando Netanyahu desde el Likud representa a la mayoría de los israelíes. Por eso su agenda es más conocida: administrar el conflicto con los palestinos y ser intransigente con Irán. Apuesta a soportar las presiones de Biden dos años más y después esperar que vuelva Trump o alguien parecido.

Sobre este escenario político, los israelíes irán a votar por quinta vez en tres años.

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