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La caída de otro presidente

China en la mesa chica del poder peruano: el trasfondo geopolítico del "chifagate"

Cenas fuera de agenda entre el presidente y un empresario conectan con un mapa más amplio: puertos, minas y electricidad en manos de capitales de China.

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18 de febrero de 2026 - 12:33 Por Lucas Garcia

La caída de José Jerí como presidente de Perú, convertido en el séptimo mandatario consecutivo que no logra completar su mandato, va mucho más allá de una cena polémica y de un ingreso con capucha a un restaurante. El llamado “chifagate” revela el grado de sensibilidad que despierta hoy la presencia china en el país: cuando el presidente se reúne en secreto con un empresario vinculado a contratos estatales y a empresas chinas investigadas, el episodio deja de ser una imprudencia personal para convertirse en síntoma de algo más profundo: la percepción de que el poder económico chino se ha vuelto un factor determinante en la política peruana.

Zhihua Yang, del “sueño migrante” a operador de un poder más grande

La figura de Zhihua Yang condensa esa tensión. El relato oficial sobre su vida –un joven de Fujian que llega a Lima en 1993, trabaja en la cocina de un restaurante, abre sus propios locales, crea un supermercado de productos chinos y una importadora– encaja con la narrativa del “self-made man”. Pero los informes del Congreso lo sitúan en otro lugar: como soporte operativo y logístico de las grandes empresas estatales chinas que integran el llamado “Club de la construcción chino”. Sus empresas aparecen como engranajes de tercerización de la ejecución de obras públicas, mientras él acumula vínculos con ministros, policías, funcionarios chinos y sucesivos gobiernos peruanos, hasta llegar a cenas discretas con el propio Jerí.

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Penetración estructural: minería, energía, puertos y tecnología

El “caso Yang” se vuelve explosivo porque se da en un país donde la presencia china ya no es periférica, sino estructural. China es el principal socio comercial de Perú y concentra una porción decisiva de la inversión extranjera directa, en especial en minería metálica, donde controla una parte sustancial de la producción de cobre y prácticamente todo el hierro, además de tener intereses en hidrocarburos. A esto se suma el control de buena parte de la distribución eléctrica en Lima mediante empresas de capital chino y una creciente participación en infraestructura crítica, como el puerto de Chancay, junto con la llegada de tecnología de seguridad y sistemas de inspección donados a instituciones clave, incluido el Palacio de Gobierno.

Chancay como símbolo de la nueva centralidad china

El puerto de Chancay aparece como el emblema de esta nueva etapa: un mega-proyecto de capitales chinos y peruanos pensado como puerta de entrada de Sudamérica a Asia, con capacidad para recibir buques de gran calado y reconfigurar las rutas comerciales del Pacífico. La presencia de Zhihua Yang el día de la inauguración, junto a la entonces presidenta Dina Boluarte y al presidente Xi Jinping, ilustra la imbricación entre negocios, diplomacia y poder político. Chancay no es solo un puerto; es una pieza geopolítica en la competencia global, y cualquier sospecha de captura regulatoria o de influencia indebida en su supervisión se lee en clave de soberanía.

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Entre Washington y Pekín: el “chifagate” como detonante geopolítico

En este contexto, las reuniones clandestinas de Jerí con Yang fueron el chispazo perfecto para encender las alarmas en Washington. El nuevo embajador estadounidense, Bernie Navarro, aprovechó el clima del “chifagate” para lanzar mensajes en clave –del “cambio de menú” al chifa– mientras el Departamento de Estado advertía públicamente que el “dinero chino barato cuesta soberanía” y que Perú podría perder capacidad de supervisar Chancay. Pekín respondió denunciando “acusaciones falsas” y defendiendo el carácter mutuamente beneficioso de sus inversiones. El escándalo doméstico se transformó así en un capítulo más de la disputa sino-estadounidense, con Lima en el incómodo rol de tablero y pieza al mismo tiempo.

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Crisis institucional y vulnerabilidad frente a la influencia externa

La fragilidad institucional peruana es el gran amplificador de esta trama. Ocho presidentes en menos de una década, partidos debilitados, congresos fragmentados y cadenas de escándalos de corrupción en la obra pública han erosionado la confianza en el Estado y dejado amplios márgenes para la captura de decisiones por intereses económicos, sean nacionales o extranjeros. En teoría, Perú intenta practicar una “neutralidad pragmática”, manteniendo vínculos sólidos tanto con China como con Estados Unidos; en la práctica, esa neutralidad requiere reguladores fuertes, transparencia contractual y límites claros a la intermediación opaca. Cuando un presidente que integró una comisión que investigaba empresas chinas termina reuniéndose en la sombra con uno de sus operadores, la sensación es que esa frontera se ha cruzado.

Reequilibrar sin romper: el desafío tras la caída de Jerí

La salida de Jerí no revertirá la penetración china en Perú: las inversiones en minería, energía, puertos y tecnología son demasiado profundas y estratégicas como para desandarlas. Pero el “chifagate” abre una ventana para redefinir reglas. El desafío para cualquier gobierno que lo suceda será triple: dotar de transparencia total a los contratos en sectores sensibles, fortalecer a los reguladores frente a gigantes empresariales respaldados por Estados y diversificar socios para no depender de un solo actor sin caer en una lógica de guerra fría entre bloques. Más que preguntarse solo quién es Zhihua Yang, la política peruana deberá responder a otra pregunta más incómoda: quién fija las condiciones en los espacios donde se cruzan negocios, infraestructura crítica y poder político, y hasta dónde el país está dispuesto a ceder margen de maniobra a cambio de inversión.

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