El Estrecho de Ormuz volvió a convertirse en marzo de 2026 en el punto más sensible de la economía mundial: por allí pasó en 2025 un promedio de 20 millones de barriles diarios de crudo y derivados, cerca de una cuarta parte del comercio marítimo de petróleo, por lo que cualquier interrupción tiene impacto inmediato sobre precios, fletes, inflación y expectativas globales. En este contexto, el problema ya no es sólo militar o regional: es un shock sistémico que expone hasta qué punto el mundo sigue dependiendo de un puñado de corredores logísticos críticos.
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Trump, Irán y el estrecho de Ormuz: el choque que pone en jaque al mercado energético
El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán abrió una nueva etapa de incertidumbre global. Trump quiere liberarlo por la fuerza.
El impacto económico inmediato
La reacción de los mercados fue brutal. El Brent se movió en torno a los 103-105 dólares este 16 de marzo, después de haber trepado más de 40% desde el inicio de la crisis, mientras los analistas advierten que el golpe no se limita al petróleo: también alcanza al GNL, a la petroquímica, al transporte marítimo y a los costos de generación eléctrica en países importadores. En otras palabras, Ormuz no sólo encarece la energía: reordena cadenas de suministro enteras y traslada presión inflacionaria a economías que ya venían frágiles.
Reservas, poder y nueva jerarquía global
La crisis también está revelando una nueva división internacional entre países con capacidad de resistir y países expuestos al mercado diario. Japón, por ejemplo, ya activó parte de sus reservas estratégicas y anunció una liberación equivalente a 45 días de suministro, dentro de una respuesta coordinada de la AIE, que acordó poner más de 400 millones de barriles en el mercado. Esa diferencia no es menor: los Estados con stock físico compran tiempo político; los que no lo tienen quedan sometidos al precio spot, al costo del financiamiento y a una eventual crisis de abastecimiento.
América Latina, entre la distancia geográfica y la vulnerabilidad real
Aunque el epicentro está en Medio Oriente, el efecto golpea de lleno a regiones alejadas del conflicto. Reuters ya reportó en Brasil aumentos de costos del diésel en plena campaña agrícola, una señal clara de cómo una crisis en Ormuz puede trasladarse rápidamente al precio de alimentos, logística y combustibles en América Latina. La región no necesita estar cerca del Golfo para sufrir: alcanza con depender de importaciones, de fletes más caros o de mercados energéticos internacionales tensionados para que el deterioro llegue a estaciones de servicio, tarifas y presupuestos públicos.
Trump y la idea de “liberar” Ormuz
En ese escenario aparece Donald Trump con una estrategia tan agresiva como reveladora. El presidente pidió a aliados y socios —entre ellos Reino Unido, Francia, Japón, Corea del Sur e incluso China— que envíen buques de guerra para escoltar tráfico comercial y mantener abierto el estrecho. El dato político es clave: Washington no está presentando una solución puramente estadounidense, sino una coalición naval internacional para “liberar” la vía marítima, lo que sugiere que la Casa Blanca reconoce el enorme costo militar, diplomático y económico de intentar garantizar sola la seguridad del paso.
Una estrategia con límites evidentes
Pero el plan de Trump choca con la realidad. Japón ya dijo que no planea por ahora una misión de escolta; la Unión Europea discute opciones, pero sin decisión firme; y varios aliados condicionan cualquier despliegue a una fase menos intensa de la guerra o a una hoja de ruta más clara por parte de Washington. En otras palabras, Trump quiere mostrar liderazgo y control sobre el corazón energético del planeta, pero todavía no consiguió una adhesión robusta. Su objetivo es reabrir Ormuz para bajar la presión sobre los precios y evitar un daño mayor sobre la economía global —y sobre la política doméstica estadounidense—, aunque por ahora esa “liberación” parece más una aspiración estratégica que una capacidad consolidada.
El verdadero saldo de la crisis
La gran lección de esta crisis es que la soberanía en 2026 ya no se mide sólo en términos militares, sino logísticos y energéticos. Quien tiene reservas, rutas alternativas y capacidad de reacción amortigua el golpe; quien no, queda rehén del mercado. Por eso el Estrecho de Ormuz no es simplemente un cuello de botella marítimo: es el lugar donde se cruzan poder militar, vulnerabilidad económica y disputa geopolítica. Y también es el escenario donde Trump intenta proyectar fuerza, con la promesa de “abrir” el paso, aun cuando el costo de esa operación demuestra que ni siquiera la principal potencia del mundo puede garantizar por sí sola la libertad de circulación en la arteria energética más importante del planeta.