El alto el fuego entre Israel y Hamás no ha logrado detener por completo la violencia en la Franja de Gaza. En las últimas jornadas, sucesivas oleadas de bombardeos israelíes han dejado decenas de muertos y heridos, en una de las escaladas más graves desde el inicio de la tregua.
Según el Ministerio de Salud de Gaza y fuentes hospitalarias, los ataques más recientes han provocado más de 30 muertos en diferentes zonas del enclave, incluidos varios niños y mujeres. En Khan Younis y sus alrededores, bombardeos sobre edificios residenciales y campamentos de desplazados causaron múltiples víctimas, mientras equipos de emergencia intentaban rescatar personas entre los escombros.
El Ejército israelí sostiene que estos ataques son una respuesta a disparos de milicianos contra sus tropas en el área de Jan Yunis. Asegura que ninguno de sus soldados resultó herido y califica lo ocurrido como una “violación del acuerdo de cese del fuego”, argumento utilizado para justificar la reanudación de operaciones aéreas contra “infraestructura terrorista” y supuestos objetivos de Hamás.
Del lado palestino, Hamás califica la ofensiva como una “escalada peligrosa” y acusa a Israel de intentar romper la tregua e imponer por la fuerza una nueva realidad militar sobre el terreno. El movimiento islamista reclama a Estados Unidos y a Catar, mediadores del acuerdo, que ejerzan presión para frenar los bombardeos y garantizar el respeto de los compromisos asumidos en el marco del alto el fuego.
Civiles atrapados entre las violaciones del alto el fuego
Para la población civil de Gaza, la tregua no se percibe como un fin de la guerra sino como una fase menos intensa de un conflicto continuo. Residentes consultados describen noches de explosiones, desplazamientos constantes y una sensación de inestabilidad permanente. Las cifras oficiales dan cuenta de la magnitud del daño acumulado: más de 69.000 palestinos han muerto desde el inicio de la ofensiva israelí tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, y miles de cuerpos continúan bajo los escombros, según las autoridades sanitarias del enclave. Israel mantiene el control de más de la mitad del territorio de Gaza y conserva posiciones militares clave, pese a retiradas parciales asociadas a las fases iniciales del alto el fuego.
Como parte de ese acuerdo, Hamás liberó a todos los rehenes vivos que seguían en su poder y entregó la mayoría de los cuerpos de los fallecidos, mientras Israel se comprometió a retirar fuerzas de algunas zonas y excarcelar a determinados prisioneros palestinos. No obstante, ambas partes se acusan de incumplir los términos pactados, desde las restricciones al flujo de ayuda humanitaria hasta los incidentes armados en torno a la llamada “línea amarilla” que divide de facto la Franja.
Extensión regional: Líbano y Cisjordania bajo presión
La fragilidad de la tregua en Gaza se ve agravada por la dinámica regional. Israel ha intensificado ataques aéreos en el sur del Líbano contra objetivos que identifica como depósitos de armas o centros de entrenamiento de Hezbollah y facciones palestinas. Algunos de esos bombardeos han causado muertos y decenas de heridos en campos de refugiados, mientras otros han provocado daños materiales sin víctimas registradas, según fuentes libanesas y la propia Agencia Nacional de Noticias.
Paralelamente, en Cisjordania ocupada se multiplican los episodios de violencia. Informes recientes recogen ataques de colonos israelíes contra comunidades palestinas, con heridos graves, así como incursiones casi diarias del ejército en localidades cercanas a ciudades como Belén, Qalqilia o Tulkarem. Organismos palestinos describen un “ciclo continuo de terror” en el que se combinan detenciones, registros domiciliarios y destrucción de propiedades. En este contexto, la línea entre tregua y guerra abierta se vuelve difusa:
Washington apuesta por un plan para el “día después”
En paralelo a la situación sobre el terreno, el Consejo de Seguridad de la ONU respaldó un plan impulsado por el presidente estadounidense Donald Trump para consolidar el alto el fuego y avanzar hacia un marco político en Gaza. El esquema contempla el despliegue de una fuerza internacional de estabilización, el aumento sustancial de la ayuda humanitaria y una eventual vía hacia la creación de un Estado palestino soberano.
Pese al aval formal del Consejo, persisten interrogantes críticos: quién aportará las tropas para esa fuerza multinacional, cómo se coordinará con Israel y con las autoridades palestinas, y de qué manera se garantizará el desarme o la neutralización militar de Hamás sin provocar un nuevo ciclo de violencia. Tampoco está claro hasta qué punto Israel está dispuesto a levantar las restricciones actuales a la entrada de ayuda, consideradas por agencias de la ONU como uno de los principales obstáculos para la reconstrucción del enclave.
En este tablero, la política hacia Gaza, la relación con Israel y la gestión del vínculo con las monarquías del Golfo se entrelazan directamente. La visita del príncipe heredero saudí a Washington se inscribe en esa lógica.
Mohammed bin Salman regresa al centro de la escena en EE.UU.
Siete años después de haber quedado virtualmente vetado de la escena diplomática estadounidense por el asesinato de Jamal Khashoggi, Mohammed bin Salman volvió a pisar la Casa Blanca con un recibimiento de máximo nivel. La visita incluyó guardia de honor, sobrevuelo de aviones militares y una cena de gala con ejecutivos de la élite tecnológica, financiera y energética mundial.
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El presidente Trump no solo se refirió al príncipe heredero como “un hombre sumamente respetado”, sino que subrayó públicamente su amistad personal con él y anunció una batería de acuerdos económicos y de defensa. Según lo comunicado por ambas partes, Arabia Saudita elevará sus compromisos de inversión en Estados Unidos de 600.000 millones de dólares a un billón, cifra que abarca proyectos en sectores como la inteligencia artificial, la energía, la infraestructura y los mercados financieros.
Además, Washington se comprometió a vender a Riad aviones de combate furtivos F-35, hasta ahora reservados en la región únicamente para Israel, y casi 300 tanques, en el marco de un acuerdo más amplio de cooperación militar. El paquete se complementa con una Alianza Estratégica para la Inteligencia Artificial, un Acuerdo Estratégico de Defensa y un marco para avanzar en la cooperación en energía nuclear civil.
La sombra de Khashoggi y un aliado controvertido
La rehabilitación diplomática de Mohammed bin Salman se produce con la sombra aún presente del asesinato de Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul, en 2018. El periodista, exiliado y crítico del régimen, fue asesinado y descuartizado en el edificio diplomático, en un operativo que la inteligencia estadounidense vinculó directamente al círculo de confianza del príncipe heredero.
Trump, sin embargo, defendió a su invitado. Al ser preguntado por el crimen, calificó a Khashoggi de “extremadamente polémico” y afirmó que “las cosas pasan”, insistiendo en que el príncipe “no sabía nada al respecto”. El líder saudí reiteró que el asesinato fue un “gran error” y aseguró que su país “mejoró su sistema” para evitar hechos similares.
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Organizaciones de derechos humanos cuestionan abiertamente esa narrativa. La entidad DAWN, fundada por el propio Khashoggi, acusa a Trump de tener “la sangre de Jamal Khashoggi en las manos” y lo señala como cómplice de las ejecuciones y encarcelamientos ordenados por el príncipe en los últimos años. En el Congreso, el senador demócrata Tim Kaine promovió una resolución para conmemorar el séptimo aniversario del asesinato, advirtiendo que apoyar al régimen sin exigir rendición de cuentas contradice los valores democráticos que Estados Unidos afirma defender.
La iniciativa fue bloqueada por el republicano Jim Risch, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, quien defendió la importancia de Arabia Saudita como socio estratégico y destacó la necesidad de contar con “socios de seguridad estables y comprometidos” en Oriente Medio.
Acuerdos estratégicos, China como telón de fondo y el tablero de Gaza
Más allá de la dimensión simbólica, los acuerdos anunciados reflejan la convergencia de intereses entre Washington y Riad. Para Estados Unidos, profundizar la alianza con Arabia Saudita significa asegurar suministro energético, limitar la influencia de China y Rusia en el Golfo y reforzar el entramado de seguridad regional en torno a Israel y los Acuerdos de Abraham.
Para el príncipe heredero, el paquete ofrece acceso a tecnología militar avanzada —como los F-35—, a chips de última generación para impulsar centros de datos y proyectos de inteligencia artificial, y a un marco nuclear civil que podría, a largo plazo, dotar al reino de capacidades sensibles en el ciclo de combustible. Todo ello se articula con su agenda de modernización interna y con el objetivo de convertir a Arabia Saudita en un polo tecnológico y de inversión global.
En paralelo, Riad mantiene una posición cuidadosamente calibrada respecto al conflicto entre Israel y los palestinos. El propio Mohammed bin Salman ha reiterado que Arabia Saudita quiere sumarse a los Acuerdos de Abraham, pero solo cuando exista una “vía clara” hacia una solución de dos Estados y un Estado palestino viable. Esa condición choca por ahora con las posiciones del gobierno israelí, lo que convierte a la tregua en Gaza y a la evolución del conflicto en un factor central para la normalización plena entre Riad y Tel Aviv.
Una tregua inestable en un entorno de grandes reacomodos
La combinación de una tregua frágil en Gaza, el aumento de ataques en Líbano y Cisjordania y la reconfiguración de la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita dibuja un escenario de alto dinamismo en Oriente Medio.
En ese contexto, el regreso de Mohammed bin Salman al centro de la diplomacia estadounidense, con acuerdos de defensa, inversiones y tecnología, coloca a Riad como actor indispensable en cualquier ecuación para el “día después” en Gaza y para el futuro del equilibrio regional entre Israel, los palestinos y las potencias externas.