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Atlántico sur

Islas Malvinas en el tablero mundial: qué busca EEUU y por qué le preocupa el avance de China

Los anuncios sobre las Islas Malvinas volvió a poner el foco en la competencia entre EEUU y China por los recursos, rutas oceánicas y la proyección antártica.

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14 de septiembre de 2026 - 10:33 Por Lucas Garcia

El renovado interés argentino por Malvinas, el Atlántico Sur y la Antártida no puede analizarse únicamente como un capítulo de política doméstica ni como una reactivación del histórico reclamo de soberanía. Detrás aparece una disputa considerablemente mayor: la competencia entre Estados Unidos y China por recursos naturales, rutas marítimas y posiciones estratégicas. Washington busca preservar su predominio en el hemisferio occidental y observa con creciente preocupación cualquier avance de Pekín hacia el extremo sur del continente, una región que funciona como conexión entre los océanos Atlántico y Pacífico y como puerta de entrada hacia la Antártida.

El extremo sur, una posición estratégica

La preocupación estadounidense tiene una lógica geográfica. El Atlántico Sur concentra recursos pesqueros, potencial energético offshore y rutas marítimas que podrían ganar importancia en las próximas décadas. A eso se suma la proximidad de la Antártida, donde las grandes potencias sostienen presencia científica y estratégica. En ese tablero, Tierra del Fuego, el estrecho de Magallanes, el pasaje de Drake y las Islas Malvinas conforman un corredor decisivo. Para Washington, impedir que China consolide infraestructura, capacidad logística o influencia política en esa zona forma parte de una competencia que ya no se limita al comercio: alcanza puertos, telecomunicaciones, energía, minerales y corredores oceánicos.

La estrategia de Milei coincide con Estados Unidos

Es precisamente allí donde la política exterior de Javier Milei comienza a conectarse con la estrategia estadounidense. La anunciada construcción de una Base Naval Integrada en Tierra del Fuego, el fortalecimiento de las telecomunicaciones y la intención de transformar Ushuaia en un polo logístico del Atlántico Sur pueden satisfacer simultáneamente dos objetivos: incrementar la presencia argentina en un territorio estratégico y ofrecer una barrera frente al avance de actores extrarregionales. La discusión sobre Malvinas adquiere entonces otra dimensión. Ya no se trata solamente de quién ejerce soberanía sobre las islas, sino de quién controla posiciones capaces de proyectar poder sobre el Atlántico Sur y las rutas hacia la Antártida.

China, el actor que preocupa a Estados Unidos

El giro también explica por qué China aparece como una pieza incómoda para la Argentina. Pekín mantiene una relación económica significativa con Buenos Aires, desde el swap de monedas hasta inversiones, comercio e infraestructura, mientras Washington presiona para reducir la participación china en sectores considerados sensibles. Las controversias alrededor de Huawei, infraestructura eléctrica, transporte ferroviario, puertos y grandes corredores logísticos forman parte de esa disputa. Para Estados Unidos, una cosa es competir con China comercialmente y otra muy distinta permitir que empresas vinculadas al gigante asiático ocupen posiciones estratégicas cerca de pasos interoceánicos y de la Antártida. La política de Milei enfrenta así una contradicción: necesita preservar vínculos económicos con Pekín mientras profundiza un alineamiento estratégico con Washington.

Malvinas y el tercer jugador: Reino Unido

Malvinas introduce además un tercer actor fundamental: Reino Unido. Londres conserva allí una presencia militar permanente y una posición privilegiada sobre un enorme espacio marítimo, mientras avanzan proyectos vinculados con la explotación de hidrocarburos. Para Washington existe, por lo tanto, un equilibrio delicado: Reino Unido continúa siendo uno de sus principales aliados militares, pero la reorganización estratégica estadounidense puede llevar a revisar qué arquitectura resulta más conveniente para garantizar el control occidental del extremo sur. Una eventual reconsideración estadounidense sobre Malvinas no debería interpretarse automáticamente como un respaldo a la soberanía argentina. Podría responder, antes que nada, al interés de Estados Unidos por asegurar que el Atlántico Sur permanezca fuera de la esfera de influencia china.

Recursos, defensa y seguridad nacional

En ese contexto deben leerse las medidas anunciadas por Milei: mayores sanciones contra empresas que operen sin autorización argentina en las islas, restricciones para participar simultáneamente en negocios en Malvinas y el territorio continental argentino, más recursos para Defensa y la creación de estructuras destinadas a coordinar seguridad, inteligencia, diplomacia y economía. El cambio conceptual es significativo porque el Gobierno empieza a presentar el Atlántico Sur como un asunto de seguridad nacional. El argumento argentino podría ganar peso si logra demostrar que una mayor presencia nacional en Tierra del Fuego y los espacios marítimos australes también contribuye a garantizar rutas internacionales, controlar recursos y ofrecer estabilidad en una región cada vez más disputada.

Una disputa que puede redefinir el Atlántico Sur

La competencia por el extremo sur recién comienza a adquirir visibilidad. Estados Unidos quiere contener a China; China pretende garantizar acceso a mercados, recursos y corredores estratégicos; Reino Unido busca preservar Malvinas y su proyección austral; y Argentina intenta convertir su posición geográfica en poder político. Allí reside la oportunidad, pero también el riesgo para Milei: alinearse con Washington puede abrir una ventana diplomática inédita, aunque convertir la política del Atlántico Sur exclusivamente en una herramienta de contención de Pekín podría reducir el margen de maniobra argentino. En el nuevo tablero mundial, Malvinas, Tierra del Fuego y la Antártida dejan de ser periferia para convertirse en piezas de una competencia entre grandes potencias. Para Argentina, el desafío será aprovechar esa disputa sin quedar subordinada a ella.

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