Groenlandia y el Ártico: disputa estratégica en el siglo XXI
Groenlandia y el Ártico se transformaron en los temas centrales de la agenda internacional. Trump quiere controlarlos para que no lo hagan ni China ni Rusia.
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El Ártico ha dejado de ser una periferia helada para convertirse en uno de los espacios más sensibles del sistema internacional contemporáneo. El acelerado deshielo provocado por el cambio climático, la apertura de nuevas rutas marítimas y la creciente competencia por recursos energéticos y minerales críticos han reposicionado a la región como un eje central de la rivalidad entre grandes potencias. En este vasto espacio de aproximadamente 14 millones de kilómetros cuadrados se superponen hoy intereses militares, económicos y estratégicos que anticipan algunos de los conflictos estructurales del siglo XXI.
La importancia geopolítica del Ártico radica, en primer lugar, en su valor como corredor estratégico. La progresiva apertura del Paso del Noroeste y de la Ruta del Mar del Norte permite reducir hasta en un 40% los tiempos de tránsito entre Asia y Europa ,entre 15 y 20 días menos en comparación con el Canal de Suez, alterando de manera significativa las lógicas del comercio global. En la última década, el tráfico marítimo en la región ya aumentó un 37%, una tendencia que previsiblemente se profundizará a medida que el hielo retroceda.
El potencial económico del Ártico
A este valor logístico se suma el potencial económico. Diversas estimaciones indican que el Ártico alberga entre el 16% y el 26% de las reservas mundiales de petróleo y gas aún por descubrir, además de importantes yacimientos de minerales estratégicos. Groenlandia, en particular, concentra 25 de los 34 minerales críticos identificados por la Unión Europea como esenciales para la transición energética, incluyendo tierras raras y uranio. Estos recursos son fundamentales para la producción de baterías, turbinas eólicas, vehículos eléctricos y sistemas de defensa avanzados, lo que convierte a la región en un espacio clave para la seguridad económica y tecnológica de las potencias industriales.
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La centralidad del Ártico en la política internacional no es un fenómeno nuevo. Durante la Guerra Fría, la región experimentó una militarización y nuclearización sin precedentes. Lo que hasta entonces había sido considerado un vacío militar se transformó en un frente estratégico vital para Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambos desplegaron submarinos nucleares balísticos (SSBN) bajo el hielo ártico para garantizar la llamada capacidad de segundo ataque, es decir, la certeza de poder responder con armas nucleares incluso después de haber sufrido un primer ataque devastador. Esta lógica convirtió al Ártico en uno de los pilares más estables, y a la vez más peligrosos, de la disuasión nuclear.
En la década de 1980, la administración Reagan profundizó esta dinámica mediante la Estrategia Marítima, orientada a presionar los bastiones soviéticos en el Atlántico Norte y el Ártico, consolidando el valor militar de la región.
En ese contexto, el control del paso GIUK, el corredor marítimo entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido, se consolidó como un punto de estrangulamiento esencial para contener a la Flota del Norte soviética y proteger las líneas de comunicación del Atlántico Norte. Esta lógica estratégica, lejos de desaparecer con el fin de la Guerra Fría, continúa estructurando la planificación militar de la OTAN en la actualidad.
Groenlandia en la mira de Trump
Para Estados Unidos, la importancia de Groenlandia es crítica. En la isla se encuentra la Base Espacial de Pituffik (Thule), un nodo central del sistema de alerta temprana de misiles balísticos, la defensa antimisiles y la vigilancia espacial de la OTAN. Su ubicación, aproximadamente a mitad de camino entre Nueva York y Moscú, le otorga un valor estratégico difícilmente reemplazable.
El renovado interés estadounidense quedó en evidencia durante la primera administración Trump, cuando planteó públicamente la posibilidad de adquirir Groenlandia. Lejos de tratarse de una excentricidad, la propuesta reflejó el retorno a una política explícita de esferas de influencia, la “Doctrina Donroe”, un corolario contemporáneo de la Doctrina Monroe orientado a excluir a competidores sistémicos, principalmente China y Rusia, de espacios considerados vitales para la primacía estadounidense. La apertura de un consulado estadounidense en Nuuk en 2020 reforzó esta política.
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Desde el plano interno, Groenlandia enfrenta un dilema estructural. Aunque cuenta con un alto grado de autonomía dentro del Reino de Dinamarca y una mayoría de población inuit, su economía depende en torno al 60% de transferencias danesas. La industria pesquera concentra casi la totalidad de sus exportaciones, lo que explica el interés en la explotación minera como vía potencial hacia una mayor autonomía económica.
La disputa por Groenlandia no se limita a Estados Unidos y Dinamarca. Rusia emerge como el actor con mayor dominio operativo en el Ártico. Posee el 53% de la costa del Océano Ártico, concentra cerca de 2,5 millones de habitantes en la región ,aproximadamente la mitad de la población total del Ártico, y opera la mayor flota de rompehielos del mundo: 44 unidades, cinco de ellas nucleares. Moscú ha reabierto bases de la era soviética y desplegado unidades militares especializadas, consolidando una presencia permanente que le otorga ventajas sustantivas en términos de acceso y control territorial.
China, aunque no es un Estado ártico, se ha autodefinido como un “Estado cuasi-ártico” y ha integrado la región a su estrategia global a través de la denominada Ruta de la Seda Polar. El término no tiene reconocimiento jurídico internacional, pero funciona como una justificación política para su involucramiento. Beijing busca asegurar el acceso a minerales críticos y rutas marítimas alternativas que reduzcan su dependencia del estrecho de Malaca. En este marco, intentó avanzar mediante inversiones en infraestructura estratégica en Groenlandia, lo que provocó reacciones defensivas coordinadas de Washington y Copenhague para bloquear la penetración de capital estatal chino. Aun así, China se consolidó como un socio comercial relevante: en 2020 recibió el 19,2% de las exportaciones groenlandesas.
En paralelo, la cooperación sino-rusa en proyectos energéticos como Yamal LNG refuerza un eje euroasiático que desafía la hegemonía occidental en el norte y complejiza aún más el equilibrio regional.
La gobernanza del Ártico
El marco de gobernanza del Ártico contribuye a esta incertidumbre. El Ártico carece de un régimen jurídico integral. Las reclamaciones territoriales se apoyan en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM), que permite extender las plataformas continentales más allá de las 200 millas si se demuestra continuidad geológica. En este contexto, la Dorsal de Lomonósov ,una cordillera submarina que atraviesa el océano hasta el Polo Norte, se ha convertido en el principal foco de disputa entre Rusia, Dinamarca y Canadá, que han invertido millones en expediciones científicas para respaldar sus reclamos.
El Consejo Ártico, creado en 1996 como foro de cooperación de baja tensión, excluye deliberadamente los asuntos de seguridad militar. Tras la invasión rusa de Ucrania, su funcionamiento quedó severamente limitado.
En este escenario, el Ártico se configura como un laboratorio avanzado de realismo geopolítico. Los datos muestran una Rusia con dominio operativo, una China con creciente penetración económica, y un bloque occidental que intenta securitizar la región. Groenlandia ocupa un lugar central en esta ecuación: su futuro político tendrá implicancias directas para la seguridad de Estados Unidos, la cohesión de la OTAN y la gobernanza de una región que ha dejado de ser marginal para convertirse en estratégica.