14 de septiembre de 2026 - 18:32 Por Lucas Garcia La escalada militar en Medio Oriente volvió a demostrar que el conflicto ya no puede analizarse únicamente a partir de los enfrentamientos entre Estados Unidos, Irán y sus aliados regionales. La disputa se trasladó directamente hacia las arterias por las que circula buena parte de la energía mundial. El impacto de un proyectil contra un buque en el estrecho de Ormuz, sumado a los episodios registrados alrededor de Bab el-Mandeb, incrementó la percepción de riesgo sobre dos pasos marítimos decisivos y empujó nuevamente al petróleo por encima de los 100 dólares por barril.
Estrecho de Ormuz, el punto más sensible del mapa energético
La importancia de Ormuz explica la reacción inmediata de los mercados. Antes de la actual guerra, por ese estrecho circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido globalmente, además de importantes volúmenes de gas natural licuado. El problema, por lo tanto, no es solamente cuánto crudo producen los países del Golfo, sino cuánto pueden efectivamente colocar en el mercado. Cuando la navegación queda condicionada por ataques, bloqueos, permisos militares o amenazas, el riesgo geopolítico comienza a incorporarse directamente al precio de cada barril.
La presión se multiplica porque el escenario no se limita a Ormuz. En el extremo occidental de la península arábiga aparece Bab el-Mandeb, la puerta que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, posteriormente, con el océano Índico. La inestabilidad alrededor de ambos estrechos amenaza simultáneamente dos corredores fundamentales: Ormuz para la salida de los hidrocarburos del Golfo Pérsico y Bab el-Mandeb para las rutas que conectan Asia, Medio Oriente y Europa a través del mar Rojo y Suez. El resultado es un mapa energético sometido a una presión que trasciende ampliamente las fronteras del conflicto.
El petróleo vuelve a convertirse en un arma política
La consecuencia más visible aparece en las cotizaciones. El Brent llegó a superar los 108 dólares, mientras el WTI volvió a ubicarse por encima de los 100 dólares, con operadores que ya contemplan escenarios todavía más elevados si no se normaliza la circulación. A esto se suma la paralización preventiva del oleoducto saudita Oriente-Occidente, una infraestructura especialmente importante porque permite trasladar crudo hacia el mar Rojo sin atravesar Ormuz. Si las rutas marítimas están amenazadas y las alternativas terrestres tampoco funcionan plenamente, el mercado comienza a descontar una eventual restricción física de la oferta, y no simplemente un riesgo político.
Allí aparece una de las dimensiones centrales de la disputa entre Washington y Teherán. Estados Unidos busca garantizar la navegación bajo condiciones que limiten la capacidad iraní de controlar el estrecho, mientras Irán utiliza su posición geográfica como una de sus principales herramientas estratégicas. El bloqueo, los desvíos de embarcaciones y la creciente presencia militar convierten así al petróleo en parte de la negociación. La declaración de Donald Trump anticipando que el crudo podría caer cuando termine el conflicto revela también la dimensión económica del problema: bajar la tensión en Ormuz significaría retirar una parte sustancial de la prima geopolítica incorporada actualmente a los precios.
Una crisis que puede atravesar toda la economía mundial
El riesgo para las grandes economías es que un petróleo sostenidamente por encima de los 100 dólares deje de ser solamente una noticia del mercado energético. El encarecimiento del crudo termina trasladándose a combustibles, transporte, logística, producción industrial y alimentos, con capacidad para reactivar presiones inflacionarias cuando los bancos centrales todavía observan con atención la evolución de los precios. Europa enfrenta además el incremento del gas natural, mientras las economías importadoras de Asia quedan particularmente expuestas a cualquier interrupción prolongada de los suministros provenientes del Golfo.
La diplomacia corre detrás de los acontecimientos
La postergación de las conversaciones impulsadas por Omán expone, finalmente, el problema político que está detrás del movimiento de las cotizaciones. Mientras Estados Unidos e Irán no encuentren un mecanismo que reduzca los enfrentamientos y garantice efectivamente la libertad de navegación, los mercados seguirán colocando una prima de riesgo sobre cada barril. Por eso, la batalla decisiva no ocurre solamente sobre territorio iraní, saudita o en las aguas del Golfo: se juega alrededor de unos pocos kilómetros de mar capaces de condicionar el abastecimiento energético global. Ormuz y Bab el-Mandeb se transformaron así en termómetros de la guerra y, al mismo tiempo, del precio que el resto del mundo puede terminar pagando por ella.