24 de septiembre de 2026 - 14:19 Por Sarai Avila El martes 22 de septiembre marcó un hito en la diplomacia hemisférica cuando la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, se reunió con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Nueva York. El encuentro, que tuvo lugar al margen de una recepción ofrecida por el mandatario estadounidense a los líderes mundiales durante la Asamblea General de la ONU, representa la primera reunión presencial entre los máximos líderes de ambos países desde el año 2015.
El contraste simbólico y geográfico de la jornada expuso la nueva realidad del país sudamericano: mientras Rodríguez se preparaba para pronunciar el primer discurso de un mandatario venezolano ante la Asamblea General desde 2018, el expresidente Nicolás Maduro se encontraba encarcelado a escasos 11 kilómetros de distancia, en una prisión de Brooklyn, enfrentando cargos por narcotráfico. Maduro fue depuesto y capturado en enero durante una operación militar estadounidense.
Rodríguez, históricamente considerada uno de los halcones más feroces de la gestión madurista, ha sido descrita ahora como "reconvertida en paloma de la Casa Blanca" y gobierna bajo las directrices directas de Washington. La funcionaria calificó la reunión con Trump como "histórica" a través de su cuenta de Telegram, donde publicó una fotografía de ambos sonriendo, con ella haciendo el gesto de "victoria" y el mandatario republicano con el pulgar en alto. Según la líder venezolana, el diálogo se centró en "el fortalecimiento de la relación bilateral" y en "el avance de una agenda de cooperación".
Por el lado estadounidense, la comitiva evidenció la importancia estratégica de la cita, contando con la presencia del secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario del Tesoro, Scott Bessent; la jefa de gabinete, Susie Wiles; y el consejero Stephen Miller. Para la administración Trump, la funcionaria venezolana está "haciendo un trabajo muy, muy bueno" y es "muy respetada".
La subordinación financiera y el control de los recursos
El núcleo de esta nueva relación bilateral es el control absoluto de los recursos hidrocarburíferos de Venezuela por parte de Estados Unidos, estableciendo un nivel de deferencia que la mayoría de los líderes mundiales consideraría humillante. Apretado por la guerra en Irán y el consecuente alza en los precios del crudo, Trump ha privilegiado asegurar el suministro venezolano.
El andamiaje de este control financiero y energético se estructura en varios ejes concretos:
- Recaudación y permisos de gasto: Washington controla y recauda los ingresos petroleros del país caribeño desde enero.
- Gestión de fondos: Delcy Rodríguez debe solicitar autorización para ejecutar gastos a la Oficina de Asuntos Económicos, Energía y Empresariales del Departamento de Estado estadounidense.
- El rol de Caleb Orr: Hasta finales de agosto, las aprobaciones de gasto estuvieron a cargo de Caleb Orr, un funcionario estadounidense de apenas 32 años que previamente trabajó con Marco Rubio.
- Listas de autorización: La administración estadounidense diseñó una lista estricta; se permite utilizar el dinero para el pago a maestros, adquisición de insumos médicos o bienes para la industria petrolera, pero se prohíbe expresamente destinar fondos a pagos para empresas chinas o rusas que operan en territorio venezolano.
- El pacto extractivo: Caracas cedió el control de yacimientos con un potencial de 65.000 millones de barriles. Además, Rodríguez asignó una quinta parte de las reservas de petróleo del país a North American Blue Energy Partners, una empresa privada propiedad del empresario Alejandro Betancourt.
- Participación de EE.UU.: En dicha empresa, Estados Unidos está adquiriendo una participación del 35% (siendo en parte propiedad del Pentágono) y se aseguró recibir a precio de costo el 20% del petróleo extraído.
El secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, admitió abiertamente la magnitud de esta intervención al declarar: "Nosotros controlamos la venta de petróleo fuera de su país". Por su parte, el secretario del Interior, Doug Burgum, enmarcó estas acciones dentro de una estrategia para lograr el "dominio energético en el hemisferio", celebrando la transformación de Venezuela de adversario a aliado estratégico. Donald Trump resumió esta política transaccional desde la tribuna de la ONU con una frase contundente: "El botín pertenece a los vencedores". El mandatario celebró que la suma de las reservas de Estados Unidos y Venezuela representa más del 60% del petróleo mundial.
La reestructuración del frente interno militar y político en Venezuela
A pesar de las condiciones impuestas por Washington, que presentan tintes coloniales, el acercamiento diplomático le otorga a Rodríguez herramientas fundamentales para consolidar su poder a nivel interno. La transición no estuvo exenta de tensiones; el 3 de enero, tras la extracción de Maduro, Rodríguez desapareció temporalmente de la luz pública, reapareciendo horas más tarde tras sostener conversaciones telefónicas con Washington.
Desde entonces, la presidenta interina ha ejecutado una reestructuración de la arquitectura de poder chavista. Rodríguez logró conservar el apoyo de las Fuerzas Armadas luego de remover a sus mandos principales, al tiempo que hizo a un lado a rivales internos y forjó nuevas alianzas.
Un aspecto crítico de su gestión es la irregularidad constitucional: la Carta Magna venezolana establece que un presidente interino solo puede gobernar por un lapso de 180 días, un plazo que expiró en julio. Con una aprobación neta que se desploma al -36%, los analistas señalan que Rodríguez busca proyectarse a futuro como una heredera tecnócrata de Hugo Chávez, sostenida ahora por los buenos vínculos con Estados Unidos y una eventual recuperación económica.
El desconcierto opositor y el dilema de la transición
El acuerdo entre la administración Trump y Delcy Rodríguez ha dejado a la oposición democrática venezolana en una situación de extrema debilidad y marginación política. Mientras el gobierno interino consolida su control interno y su alianza extractiva con Washington, la líder opositora y ganadora del Premio Nobel, María Corina Machado, permanece varada en el exilio en Panamá, denunciando que se le impidió regresar a Venezuela en tres ocasiones durante una sola semana.
Para amplios sectores del antichavismo, las concesiones energéticas y la dinámica de subordinación se asemejan más a una rendición incondicional que a un proceso de liberación nacional. El exlegislador opositor Américo de Grazia ilustró este malestar trazando un paralelismo histórico con el control ejercido por el general estadounidense Douglas MacArthur sobre Japón en 1945: “El emperador Hirohito tuvo que esperar seis meses para ser recibido por el general, quien le fumaba en la cara. Pero aceptó las condiciones de MacArthur porque no había otra forma de sobrevivir”. De igual forma, el dirigente Henrique Capriles calificó de "incomprensible" que se busque reactivar la industria petrolera de la mano de "las mismas personas que la destruyeron".
En Washington conviven dos visiones sobre el futuro institucional de Venezuela. Por un lado, el secretario de Estado Marco Rubio ha argumentado que el objetivo oficial es estabilizar la economía para, posteriormente, iniciar una transición política que derive en elecciones libres, respaldando la negociación de una hoja de ruta electoral para el mes de diciembre. Por otro lado, la visión puramente transaccional de Donald Trump choca con esta urgencia democrática. El presidente estadounidense ha declarado públicamente que, si bien Rodríguez desea celebrar elecciones, el país "aún no está listo" para los comicios exigidos por la oposición. El politólogo Orlando Pérez advierte que la eficacia de Rodríguez para satisfacer las demandas energéticas estadounidenses disminuye drásticamente cualquier incentivo en la Casa Blanca para forzar una transición, concluyendo que "Trump no siente ninguna presión por parte de quienes exigen fijar una fecha para los comicios".