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Otra vez Irán en la región

Irán: el socio peligroso que recurre a América latina

Las relaciones entre Irán y América latina son una temática de creciente análisis para la geopolítica de este siglo. ¿Ideología, economía o retórica?

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4 de abril de 2022 - 17:34

Si bien, técnicamente, en su versión imperial, Irán estableció vínculos con varios países de la región, como Argentina, Uruguay, México y Venezuela durante el siglo XX, los vínculos comenzaron a intensificarse desde la Revolución Islámica de 1979. Durante las décadas del 80 y del 90, se establecieron vínculos difusos con la región, principalmente comerciales, en algunos casos con poco impacto y en otros, de poca duración. Pero fundamentalmente se hicieron mucho más concretas desde el segundo lustro del siglo XXI, cuando Mahmoud Ahmadinejad (presidente entre 2005 y 2013) lideró a uno de los dos grandes polos musulmanes de Medio Oriente (el otro, Arabia Saudita).

Sin dudas fue Ahmadinejad el responsable de establecer relaciones directas con casi toda la región (viajó cerca de diez veces a la región) y, en buena medida, de que muchos analistas y la sociedad misma consideren, no sin temor, que la región mira con simpatía hacia Irán.

El supuesto enemigo común

Analicemos un poco la naturaleza y las razones de los vínculos establecidos o fortalecidos por Mahmoud Ahmadinejad durante su presidencia. Cierto es que, durante la primera década del siglo XXI, la corriente ideológica de centro-izquierda que gobernó América latina se alineó con Irán mucho más de lo que lo había hecho la corriente que había gobernado la región durante los 90, de corte más derechista. Esa afinidad dio el contexto ideal para el acercamiento propiciado por el líder de la República Islámica. Liderada por Chávez en Venezuela, la región tenía a Lula en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay y Pepe Mujica en Uruguay. A todos los unía una posición común: la necesidad de un estado presente que reivindicara la soberanía nacional por sobre todas las cosas. Para darle cuerpo a esa posición, la existencia de un enemigo retórico común era indispensable: el imperialismo de Estados Unidos. Sobre todo, porque permitía mostrar un quiebre rotundo respecto de la política que había gobernado sus países durante los 90, que en la mayoría de los casos había terminado con crisis sociales importantes.

La enemistad de Irán con Estados Unidos no es nueva (ni acabará jamás). El gigante de América es un estrecho socio de los dos principales enemigos de Irán en el patio de su casa, Medio Oriente: Arabia Saudita e Israel. De hecho, a través de estas sociedades, puede controlar el avance iraní en la región. No sorprende, entonces, que, ante un enemigo común (mucho más concreto en el caso de Irán, bastante más discursivo en el caso de América latina), Irán y la región encontraran puntos de apoyo para solidificar una asociación transoceánica de 13.000 kilómetros de distancia.

La necesidad no tiene ideología (idealistas, abstenerse)

Sin embargo, la vinculación tiene mucho más de pragmatismo que de ideología. Es cierto que el aparente enemigo común existía, pero los hechos muestran que no fue determinante. Además, mientras para Irán realmente era un enemigo, para América latina era más un chivo expiatorio para validar discursos a nivel interno.

Argentina, Brasil y Uruguay forjaron un fuerte vínculo durante las presidencias de centro-izquierda de la primera década del siglo, pero lo mantuvieron luego, cuando sus gobiernos volvieron a manos de la centro-derecha. Es cierto, la afinidad discursiva e ideológica de la primera etapa era mucho mayor. Pero la afinidad económica es la que prevaleció. Los tres países tienen superávit comercial con Irán. Es decir, para ellos Irán es una fuente positiva de divisas. Por lo que las condenas en espacios de diálogo multilateral, o las simplemente discursivas, lograron convivir de maravillas con la sociedad comercial. Venezuela, en cambio, mantuvo la línea, e incluso aumentó su dependencia. La amistad política forjada por Chávez y Ahmadinejad, se mantuvo, por convicción, pero también por necesidad, bajo el liderazgo de Maduro. Irán se convirtió en una fuente trascendental de ingresos para una Venezuela bloqueada por buena parte del mundo occidental.

Pero hay un elemento clave para analizar la cercanía de Irán con la región: el acuerdo nuclear con Estados Unidos promovido por la administración Obama en el ocaso de su gestión. Hasta 2015, la amenaza nuclear iraní fue creciendo al ritmo de las sanciones económicas que Estados Unidos y sus socios occidentales propiciaban contra el país persa por el desarrollo de su plan nuclear. Durante ese periodo, la búsqueda de Irán de nuevos socios se tornó muy activa. Era necesario encontrar nuevos países, enemistados con la centralidad del mundo occidental, para generar ingresos y, sobre todo, adquirir bienes que permitieran a la población mantener su nivel de vida (bastante modesto, por cierto). América latina, con sus líderes retóricamente antiamericanos, apareció como la tierra prometida. Fue el momento de mayor auge entre las relaciones políticas y económicas entre Irán y la región.

Con la firma del pacto, que levantaba los principales bloqueos impuestos, esa búsqueda mermó en su intensidad. La afinidad ideológica ya no parecía ser central en la vinculación, y la económica, si bien se mantuvo, tampoco registró avances. Sin embargo, con el retiro de Estados Unidos bajo la Administración Trump, la región volvió a aparecer como un faro a la distancia, y aunque la afinidad ideológica ya no era tal, porque en América latina predominaban los gobiernos de centro-derecha, la económica volvió a tener un renacer.

Queda claro, entonces, que América latina es para Irán, por sobre todas las cosas, un “second best”, una oportunidad ante la necesidad. La afinidad ideológica es contradictoria, y solo se sostiene por la resistencia a Estados Unidos que comparten un país autoritario con países democráticos, de valores y culturas completamente diferentes. La económica, es la más fuerte, y es la que realmente interesa a ambos lados del meridiano de Greenwich.

Un socio peligroso con socios peligrosos

Irán es para el mundo Occidental, una amenaza. Su permanente antiamericanismo, su amenaza nuclear, su régimen represivo a nivel interno, las violaciones a los derechos humanos, el destrato y maltrato a las mujeres, y la represión a voces disidentes lo posicionan casi en las antípodas de los valores que predominan por estas latitudes. Aunque en menor escala, lo mismo sucede con países como China y, mucho más ahora, Rusia. Sin embargo, lo más complejo de vincularse con Irán puede estar en justificar cómo países democráticos, con valores que defienden los derechos humanos a nivel constitucional, justifican internamente la asociación con un país que apoya a grupos terroristas como Hamas o Hezbolah, los hutíes en Yemen, o al régimen autoritario de Bashar Al-Assad en Siria.

Irán es un baluarte de la lucha islámica contra el Estado de Israel. Su apoyo a la milicia armada Hamas, uno de los brazos políticos pero, sin dudas, el brazo militar de Palestina en la Franja de Gaza y Cisjordania, es vital. La asistencia se da por la transferencia de conocimiento militar y tecnológico para la construcción de drones y misiles que Hamas utiliza para combatir a Israel en las zonas en disputa. Esto permite que el grupo terrorista disponga de un armamento mucho más sofisticado que el que sus propios medios le permitirían.

El vínculo con Hezbolá es aún más sólido y relevante. Al igual que Hamas en Palestina, Hezbolá participa del juego político de Líbano. Pero además es el principal brazo armado de la cruzada terrorista de Irán contra Israel. Este vínculo es pleno, y ni si quiera trata de ocultarse. Así lo demuestra la reciente reunión entre el máximo diplomático de Irán, Hosein Amir Abdolahian, y el secretario general del Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano (Hezbolá), Seyed Hasan Nasralá. La asociación de Irán con Hezbolá para la ejecución de diversos atentados contra el Estado de Israel en suelo propio y en otras partes el mundo parece, a la luz de las pruebas, poco discutible. Los atentados en Buenos Aires en 1992 y 1994 son un claro ejemplo de eso. Aunque jamás se esclarecieron, la sociedad entre Irán, como autor intelectual, y Hezbolá, como autor material, es la tesis más convincente para explicar el par de atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, respectivamente.

Así como con Hezbolá y Hamas Irán lucha contra Israel, a través de la milicia armada yemení de los hutíes combate contra Arabia Saudita. Los hutíes tomaron los principales edificios de gobierno yemení en 2016, y desde entonces tienen el control de las ciudades más importantes del país. Los hutíes tienen como objetivo atacar al régimen de Arabia Saudita, enemigo compartido con Irán, y líder de la coalición internacional de 16 países que intenta sostener al gobierno de Yemen. Los recientes ataques a infraestructuras petroleras en Arabia Saudita, reivindicadas por los hutíes, posaron rápidamente las sospechas sobre Irán: la precisión y el profesionalismo de los ataques no se corresponde con el desarrollo armamentístico hutí.

¿Volver a emprezar?

América latina está experimentando un progresivo regreso a la “Patria grande” de principios de siglo. El triunfo de Luis Arce en Bolivia y de Alberto Fernández en 2019, seguido por el de Pedro Castillo en Perú en 2021, el de Gabriel Boric en Chile y el de Xiomara Castro en Honduras en 2022, parecen marcar el regreso de la región al camino de la izquierda. Lula podría sumarse en Brasil este mismo año. Y por supuesto se mantienen los líderes autoritarios de Nicaragua, Cuba y Venezuela. ¿Volverán a fortalecerse los vínculos ideológicos con Irán? Queda claro que mucho dependerá del avance del nuevo acuerdo nuclear con Estados Unidos. Sin embargo, los líderes de la región podrían empezar a ganar tiempo, y pensar en cómo justificar una alianza política con un régimen que viola los derechos humanos y que está íntimamente ligado a ataques terroristas en la región.

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