Durante la última década, Estados Unidos y China ampliaron sus vínculos militares con América Latina mediante estrategias diferentes. Washington consolidó una extensa red de ejercicios multinacionales orientados a la interoperabilidad de sus fuerzas con los ejércitos de la región, mientras Beijing desarrolló una presencia basada principalmente en la formación de oficiales, los intercambios institucionales, la cooperación en defensa y ejercicios conjuntos puntuales.
Estados Unidos y China: entre la tensión y la inevitable convivencia en América Latina
La competencia por el liderzgo mundial no impode que las dos grandes superpotencias coordinen ejercicios militarmente en una región clave: América Latina
La diferencia permite observar una dimensión menos visible de la competencia estratégica entre ambas potencias: la construcción de relaciones militares de largo plazo con los Estados latinoamericanos.
Una red estadounidense consolidada
Estados Unidos parte de una ventaja estructural. Su cooperación militar con América Latina se apoya en una arquitectura desarrollada durante décadas, con ejercicios recurrentes como PANAMAX, UNITAS y Tradewinds, que reúnen a fuerzas de numerosos países y permiten entrenar procedimientos comunes.
Esta estructura fue incorporando un énfasis creciente en la interoperabilidad, es decir, en la capacidad de fuerzas de distintos países para comunicarse, planificar y operar conjuntamente. Dentro de esa evolución, Southern Vanguard adquirió especial relevancia.
Southern Vanguard: una integración cada vez mayor
Southern Vanguard comenzó como una iniciativa del U.S. Army South para incrementar la interoperabilidad con fuerzas latinoamericanas. Sus primeras ediciones estuvieron más concentradas en ejercicios bilaterales, pero progresivamente incorporaron nuevos socios y escenarios más complejos.
En 2025, Chile fue anfitrión del ejercicio, con participación de Argentina y Perú. Las fuerzas realizaron entrenamiento de guerra de montaña, operaciones de campo y ejercicios de puesto de comando, con énfasis en interoperabilidad, comunicaciones y preparación conjunta.
En 2026, Perú recibió a fuerzas de Estados Unidos, Chile y Argentina. Cerca de 400 efectivos participaron en Southern Vanguard 26, trabajando sobre operaciones combinadas de Estado Mayor, planificación de fuegos, coordinación de maniobras y la conformación de una fuerza de tarea multinacional liderada por Perú. El propio U.S. Southern Command definió entre los objetivos del ejercicio el cierre de brechas de interoperabilidad en los ámbitos humano, procedimental y técnico.
La evolución resulta significativa: una iniciativa orientada a la cooperación bilateral fue incorporando progresivamente a varios ejércitos sudamericanos dentro de una misma estructura de entrenamiento.
Southern Vanguard no tiene la escala de ejercicios regionales de mayor trayectoria, pero permite observar una tendencia hacia una integración operacional más concreta, en la que no solo se comparten experiencias, sino también procedimientos, comunicaciones, planificación y estructuras de mando.
China: otra forma de construir influencia
China desarrolló durante el mismo período una estrategia diferente. Beijing no construyó una red de ejercicios comparable en frecuencia y escala con la estadounidense. Su presencia se apoyó especialmente en la diplomacia militar: formación de oficiales, intercambios entre academias, visitas de delegaciones, foros de defensa y cooperación institucional.
Según un estudio del Center for Strategic and International Studies, entre 2022 y 2025 China realizó 97 intercambios militares con 18 países de América Latina y el Caribe. Durante ese mismo período, oficiales de 20 países de la región participaron en programas de intercambio de corta duración organizados por instituciones militares chinas.
La educación militar constituye uno de los instrumentos más relevantes. Para 2020, el número de militares latinoamericanos que estudiaban en instituciones militares chinas superaba en más de cinco veces al de aquellos que asistían a los war colleges estadounidenses, según datos recopilados por CSIS y estudios del U.S. Army.
Los ejercicios conjuntos son menos numerosos, pero también muestran una presencia sostenida. China realizó actividades militares con Brasil, Chile, Colombia, Perú y Venezuela, además de visitas navales y otros intercambios. En Formosa 2024, organizado por Brasil, China y Estados Unidos participaron dentro de un mismo ejercicio multinacional, un ejemplo de que la competencia entre las dos potencias no necesariamente se traduce en bloques militares cerrados.
Dos formas de construir presencia
La comparación muestra dos modelos diferentes de cooperación.
Estados Unidos dispone de una arquitectura regional más consolidada, basada en ejercicios recurrentes y en una creciente capacidad para integrar fuerzas latinoamericanas en operaciones combinadas. China, en cambio, ha desarrollado una red relevante de educación e intercambios militares que permite establecer vínculos institucionales y profesionales de largo plazo.
Esto no significa que uno de los modelos carezca de importancia frente al otro. La influencia militar no se construye únicamente mediante grandes despliegues. La formación de oficiales, los intercambios entre academias y los contactos entre altos mandos también pueden generar relaciones que perduren durante décadas.
En ese sentido, la competencia entre Washington y Beijing se desarrolla en distintos niveles: desde el entrenamiento operativo y la interoperabilidad hasta la formación profesional y los vínculos institucionales.
¿Qué implica para la soberanía?
La participación en ejercicios militares con una potencia extranjera no supone, por sí misma, una pérdida de soberanía. Los Estados conservan la capacidad de decidir qué fuerzas participan, qué actividades autorizan y bajo qué condiciones se desarrolla la cooperación.
Además, existen beneficios concretos. El entrenamiento conjunto permite incorporar procedimientos y experiencias que pueden mejorar las capacidades nacionales, mientras que la cooperación tecnológica y educativa facilita el acceso a conocimientos y sistemas que muchos países no podrían desarrollar de manera aislada. La interoperabilidad también puede resultar útil en operaciones de paz, asistencia ante desastres y otras misiones multinacionales.
El problema aparece cuando esa cooperación se vuelve sostenida y comienza a generar dependencias de largo plazo. La adquisición de equipamiento no termina con su compra: requiere mantenimiento, repuestos, actualizaciones, capacitación y personal especializado. Del mismo modo, años de entrenamiento bajo determinados procedimientos pueden hacer que una fuerza armada quede progresivamente vinculada a un determinado ecosistema doctrinario y tecnológico.
Esto no convierte automáticamente a un Estado en subordinado de la potencia con la que coopera. Pero sí puede reducir el margen de maniobra futuro si modificar esa relación implica costos elevados. Cuanto mayor sea la dependencia de un determinado proveedor, sistema de comunicaciones, cadena logística o estructura de entrenamiento, más difícil puede resultar cambiar de orientación cuando los intereses se vuelven divergentes.
También existen otros riesgos que deben evaluarse caso por caso. Una relación militar estrecha puede ser interpretada por terceros como una señal de alineamiento y generar nuevas tensiones o dilemas de seguridad. Del mismo modo, el intercambio de información, procedimientos y capacidades durante la cooperación plantea preguntas sobre qué información se comparte, bajo qué condiciones y con qué mecanismos de protección.
Por eso, los beneficios y costos de la cooperación militar no pueden evaluarse de manera abstracta. Cada relación debería analizarse según qué capacidades obtiene el Estado, qué compromisos asume, qué dependencias genera y cuánto margen conserva para tomar decisiones autónomas en el futuro.
La cooperación militar es también una forma de construir vínculos e influencia. El punto relevante es determinar si esa relación mejora la posición estratégica del Estado sin reducir excesivamente su capacidad para definir sus propios intereses.
En América Latina, la competencia entre Estados Unidos y China puede ofrecer oportunidades para acceder a capacitación, tecnología y experiencia militar. Pero también plantea un desafío: evitar que la búsqueda de capacidades inmediatas termine generando dependencias estructurales que condicionen en el largo plazo.