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Relación peligrosa

Cuba: la amistad con China que le costó la soberanía

Sesenta y cinco años después de que Cuba rompiera con Taiwán para abrazar a China, la isla sufre apagones, escasez de arroz y una deuda que no termina de pagar.

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17 de septiembre de 2026 - 10:08 Por Redacción El Archivo

Cuba fue el primer país del hemisferio occidental en reconocer a la República Popular China, el 2 de septiembre de 1960, cuando Fidel Castro rompió relaciones con Taiwán ante una multitud en la Plaza de la Revolución. Ese gesto fundacional se convirtió, con los años, en el relato oficial de una "amistad imperecedera" entre dos revoluciones hermanas que hoy, más de seis décadas después de su inicio, se sigue presentando como un modelo de cooperación Sur-Sur. Pero la historia de Cuba no arranca en 1959 ni se explica por su alineamiento con potencias extracontinentales: es la historia de una isla que peleó su independencia de España, resistió intervenciones y construyó, con Martí como referencia, una tradición de autodeterminación que nunca fue subordinación a nadie. Que ese relato hoy se lea en simultáneo con apagones de horas, desabastecimiento crónico y una economía que se contrajo un 15% en el último lustro no es un detalle menor: es la clave para entender qué tipo de "amistad" es esta.

Lo que separa a Cuba de China

La cultura política cubana —caribeña, hispanoparlante, forjada en la lucha antiimperialista latinoamericana— tiene poco en común con el proyecto de partido-Estado chino, construido sobre una tradición civilizatoria, un aparato burocrático milenario y una lógica de expansión de influencia que no reconoce pares, solo clientes. La retórica de "hermandad entre pueblos" oculta una asimetría de origen: China no necesita a Cuba culturalmente, políticamente ni estratégicamente del mismo modo en que Cuba dice necesitar a China. La relación nunca fue entre iguales; fue, desde el primer convenio comercial firmado por el Che Guevara en 1960, la de un país pequeño y aislado que buscaba protectores, y una potencia en ascenso que encontró en el Caribe una vidriera barata para proyectarse como líder del mundo en desarrollo.

Esa asimetría se volvió dependencia en la última década. Cuba enfrenta su peor crisis económica en treinta años, con una contracción económica del 15% en los últimos cinco años, según cifras oficiales, apagones diarios y una inflación que licuó los salarios. Frente a eso, la respuesta china no fue un modelo de crecimiento sino una sucesión de auxilios de emergencia: cien millones de dólares donados en 2022 para atender "prioridades" de una economía en su peor momento en tres décadas, ochenta millones de dólares adicionales y sesenta mil toneladas de arroz aprobados este año, de los cuales ya llegaron los primeros cargamentos como asistencia alimentaria de emergencia. A esto se suma una historia de perdones de deuda que revela la lógica real del vínculo: en los últimos dieciocho años, Beijing condonó unos 9.800 millones de dólares en deudas a distintos países, y casi la mitad de ese monto correspondió solo a Cuba. No es cooperación para el desarrollo: es oxígeno para que el régimen no colapse, entregado con cuentagotas y siempre en los términos de Beijing.

El relato oficial del castrismo

El propio relato oficial cubano de "actualización del modelo económico" se apoyó, desde 2011, en la promesa de replicar la Reforma y Apertura china y la Renovación vietnamita. Pero esa carta quedó jugada y perdida: como advirtió el economista cubano Pedro Monreal, a Cuba se le fue el tren de las reformas de China y Vietnam, y no hay evidencia de que existan hoy condiciones para reproducir el esquema que permitió el éxito económico de esos países asiáticos, entre otras razones porque el régimen cubano prioriza el control político por sobre la eficiencia económica y porque el país carece de las reservas de divisas y la inserción internacional que sí tuvieron Beijing y Hanói para sostener su apertura. En otras palabras: Cuba copió el discurso chino sin la más mínima chance de copiar el resultado. China le prestó el nombre de un modelo que la isla nunca pudo ejecutar, mientras la mantenía atada a la asistencia y no a la inversión productiva de largo plazo.

Ese vínculo, además, tiene una dimensión que la propaganda bilateral prefiere minimizar: la militar. Un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington documentó la ampliación y mejora de estaciones de espionaje electrónico en Cuba presuntamente vinculadas a China, en cuatro sitios identificados: Bejucal, El Salao, Wajay y Calabazar. No es un dato menor que Bejucal —considerada la instalación más significativa por su peso histórico, clave durante la crisis de los misiles de 1962— vuelva a aparecer siete décadas después como presunto nodo de inteligencia de una potencia extrarregional. Beijing lo niega y lo llama "cuento"; el régimen cubano también. Conviene remarcar que se trata de acusaciones basadas en imágenes satelitales y no de una confirmación oficial, pero el patrón es imposible de ignorar: la isla vuelve a ofrecer su territorio, ya no a Moscú sino a Beijing, como punto de observación sobre Estados Unidos.

El antecedente que debería preocupar

Ahí aparece el precedente que Cuba debería tener más presente que nadie. En 1962, la URSS usó la alianza ideológica con La Habana para instalar misiles nucleares a 140 kilómetros de Florida, expuso militarmente a la isla frente a Washington y, cuando llegó el momento de negociar la salida de la crisis, Kennedy y Jrushchov lo resolvieron en negociaciones secretas que excluyeron a Cuba. Fidel se sintió traicionado, pero el destino ya estaba escrito: Cuba había sido la ficha, no el jugador. China no es la URSS y esta no es una crisis de misiles, pero la lógica de fondo es la misma: un aliado ideológico mucho más poderoso que convierte a la isla en plataforma de su propia disputa con Occidente. Ninguna solidaridad discursiva cambia esa ecuación de poder; si mañana Beijing entra en un choque directo con Washington, Cuba volverá a ser, como en 1962, el terreno donde otros dirimen sus cuentas.

Nada de esto suena en los despachos oficiales cubanos ni entre los funcionarios y voceros que celebran cada visita, cada medalla y cada convenio con Beijing como una prueba de fortaleza revolucionaria. Son, paradójicamente, quienes más tienen para perder: una isla cada vez más endeudada, más militarizada por terceros y más lejos de cualquier salida negociada de su crisis, porque la presencia china no empuja a La Habana hacia una apertura ni hacia un diálogo económico con nadie, sino hacia el sostenimiento indefinido del statu quo. Es cierto que Beijing y La Habana tienen su propia lectura, que no puede omitirse: para el gobierno chino y para buena parte de la izquierda latinoamericana, esto es cooperación Sur-Sur entre países castigados por el mismo tipo de presión externa, no una relación de dominación. Pero si el objetivo real es que el régimen sobreviva y la isla recupere algún horizonte de crecimiento, la evidencia sugiere lo contrario de lo que predica el discurso oficial: cuanto más se acerque a China, menos margen le va a quedar a Cuba para decidir su propio destino.

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