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Figura política clave

Dick Cheney: el poder en las sombras de la guerra contra el terrorismo

Dick Cheney, falleció a los 84 años. Fue una figura influyente y controvertida de la política de Estados Unidos: fue clave en la guerra "contra el terrorismo".

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7 de noviembre de 2025 - 09:50 Por Sarai Avila

Nacido el 30 de enero de 1941 en Lincoln, Nebraska, y criado en el pequeño pueblo de Casper, Wyoming, Cheney encarnó desde joven el modelo del político de carrera surgido del corazón conservador del país. Tras un breve paso por la Universidad de Yale —de la que fue expulsado por bajo rendimiento— regresó a Wyoming, donde trabajó como liniero antes de retomar los estudios y licenciarse en Ciencia Política. Su vida dio un giro decisivo cuando conoció a Lynne Vincent, su compañera de toda la vida, quien, según sus propias palabras, lo impulsó a “ponerse en serio con el futuro”.

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Su primer contacto con el poder llegó durante la administración de Richard Nixon, donde trabajó como asistente legislativo. Bajo Gerald Ford, fue jefe de gabinete de la Casa Blanca —el más joven en ocupar el cargo—, y consolidó su relación con Donald Rumsfeld, su futuro aliado clave en la política de defensa estadounidense. En 1978 fue elegido congresista por Wyoming, cargo que ocuparía durante una década, destacando por su disciplina conservadora y su pragmatismo.

Del Pentágono a la vicepresidencia

En 1989, George H. W. Bush lo designó secretario de Defensa. Desde ese puesto supervisó la Operación Tormenta del Desierto de 1991, que expulsó a las tropas iraquíes de Kuwait y restauró parcialmente el orgullo militar estadounidense tras Vietnam. Su estilo metódico y reservado, así como su creencia en la fuerza como instrumento de política exterior, se convirtieron en su sello.

Tras dejar el gobierno, Cheney dirigió la empresa energética Halliburton, una etapa que más tarde lo perseguiría por los contratos millonarios que esa firma obtuvo en Irak tras la invasión de 2003. En el año 2000, cuando George W. Bush buscaba un compañero de fórmula, Cheney fue quien lideró la selección de candidatos... y terminó eligiéndose a sí mismo. El tándem Bush-Cheney triunfó en unas elecciones reñidas y, con ello, el viejo operador de Washington ascendió al segundo cargo más alto del país.

El 11-S y la transformación del poder presidencial

La mañana del 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después en la historia de Estados Unidos. Mientras Bush se encontraba fuera de Washington, Cheney tomó el control de la situación desde el búnker presidencial. Desde allí autorizó medidas de defensa y dio la orden de derribar aviones secuestrados que pudieran dirigirse a la capital. En las horas y días siguientes, se convirtió en el rostro oculto del poder ejecutivo, liderando la respuesta más agresiva que el país había desplegado en décadas.

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Convencido de que los límites impuestos al poder presidencial tras el escándalo Watergate habían debilitado la capacidad del gobierno para defenderse, Cheney impulsó una recentralización del poder en el Ejecutivo. Su influencia fue decisiva en la aprobación de la Ley Patriota, que amplió las facultades de vigilancia, detención e interceptación de comunicaciones sin orden judicial. Para sus críticos, fue el inicio de un nuevo paradigma de “seguridad total” a costa de las libertades civiles.

La invasión de Irak y la doctrina del poder preventivo

La política exterior de Cheney se basó en la idea del ataque preventivo: golpear antes de ser golpeado. Bajo esta doctrina, el vicepresidente promovió la invasión de Irak en 2003, sosteniendo que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva y vínculos con Al Qaeda. Ninguna de esas afirmaciones resultó ser cierta, pero sirvieron de fundamento para una guerra que costó cientos de miles de vidas y redefinió el mapa político de Medio Oriente.

Su papel en esa decisión —así como en la creación de prisiones secretas de la CIA y el uso de técnicas de interrogatorio “reforzadas”, calificadas internacionalmente como tortura— lo convirtió en una figura profundamente divisiva. Para unos, fue el hombre que protegió a Estados Unidos en un momento de vulnerabilidad extrema; para otros, un arquitecto del autoritarismo moderno que degradó la reputación moral del país.

El legado de la guerra contra el terror

El impacto de Cheney en la llamada guerra contra el terrorismo fue tan estructural que aún hoy se perciben sus huellas. Su respaldo a la vigilancia masiva, a las detenciones sin juicio y a la creación de Guantánamo como espacio de excepción legal sentaron las bases de una política de seguridad global que trascendió administraciones, tanto republicanas como demócratas. Como diría años después la jurista Alka Pradhan, “cada presidente posterior, a través de los drones o la vigilancia extraordinaria, se ha apoyado en el legado de Cheney”.

Para el propio Cheney, las críticas nunca lo hicieron dudar. “Lo volvería a hacer sin pensarlo dos veces”, afirmó en 2014 al ser confrontado con un informe del Senado que documentaba torturas y abusos. Su convicción era que la historia acabaría reivindicando sus decisiones, incluso si las consecuencias humanas y políticas seguían abiertas.

Últimos años y ruptura con el trumpismo

Retirado de la vida pública tras el final del mandato de Bush, Cheney sobrevivió a cinco infartos y a un trasplante de corazón en 2012 que él mismo describió como “el regalo de la vida”. En sus últimos años, se convirtió en un crítico feroz de Donald Trump, a quien calificó como “el mayor peligro para la república en 246 años”. Su hija Liz Cheney, excongresista por Wyoming, siguió ese mismo camino, enfrentándose a su propio partido tras el asalto al Capitolio de 2021.

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En 2024, en un gesto simbólico, el viejo halcón republicano anunció que votaría por la demócrata Kamala Harris, declarando: “Tenemos el deber de poner al país por encima del partidismo para defender la Constitución”. Fue su última gran intervención política, un epílogo irónico para quien durante décadas representó la ortodoxia del conservadurismo estadounidense.

Muerte y legado

Cheney murió acompañado por su esposa, Lynne, y sus hijas Liz y Mary. En un comunicado, su familia lo describió como “un hombre bueno que enseñó a sus hijos y nietos a amar a su país y a vivir con valentía, honor y amabilidad”. George W. Bush, su antiguo compañero de fórmula, lo definió como “uno de los mejores servidores públicos de su generación”.

Pero la historia, siempre más compleja que los homenajes, lo recordará también como el hombre que moldeó la respuesta global de Estados Unidos tras el 11-S, el estratega que expandió los poderes presidenciales a límites inéditos y el político que, en nombre de la seguridad, reconfiguró el equilibrio entre libertad y control estatal.

A lo largo de su vida, Dick Cheney fue mucho más que un vicepresidente: fue la encarnación del poder en la sombra. Creía en una visión del mundo donde la fuerza era garantía de estabilidad y la seguridad, un deber moral. Esa visión, sin embargo, condujo a guerras interminables, violaciones a los derechos humanos y un legado que aún divide a su país. Su nombre quedará ligado para siempre a una época de temor, ambición y supremacía estadounidense; a la arquitectura legal y política que siguió al 11-S.

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