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Dos caras de una misma moneda

Cambio climático: China y Rusia con puntaje negativo

Sin el compromiso de Rusia ni China, el planeta y el cambio climático irremediablemente se dirigen al punto de no retorno.

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4 de abril de 2022 - 17:31

Si hay una agenda verdaderamente global, tiene que ser el cambio climático. La crisis medioambiental trasciende las fronteras nacionales a la vez que exige soluciones coordinadas. En el marco de la vigésimo primera conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático (COP21), 197 países adoptaron el Acuerdo de París en 2015. Éste tiene por objetivo la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero y la restricción del aumento de la temperatura global hasta un máximo de entre 1,5 y 2 grados Celsius.

Siguiendo los compromisos asumidos en la capital francesa, de Washington a Seúl y de Reykjavik a Pretoria, todos los gobiernos han adoptado estrategias de acción climática. Estos lineamientos constituyen una guía para la reducción de las emisiones y la adaptación a los efectos del cambio climático. Las potencias euroasiáticas no son la excepción.

Durante la cumbre de líderes del G20 celebrada en Roma en 2021, Vladimir Putin reconoció que Rusia debe hacer frente a las consecuencias del calentamiento global. Los principales desafíos climáticos que afectan al país son la desertificación, la erosión del suelo y el derretimiento del permafrost -la capa de suelo bajo la superficie de la Tierra que permanece congelada hace cientos de años-.

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Por su parte, la República Popular de China es el principal consumidor de carbón del planeta. De hecho, el gigante asiático consume más carbón que el resto del mundo en conjunto. Además, es responsable de la emisión de la mayor cantidad de gases de efecto invernadero -alrededor del 30% de las emisiones globales-. Al mismo tiempo, China sufre altísimos niveles de contaminación del aire, el agua y el suelo como consecuencia de su acelerada industrialización.

Dos caras de una misma moneda

Durante las últimas décadas, Rusia firmó todos los acuerdos de Naciones Unidas en materia climática y participó de todas las negociaciones sobre la temática que tuvieron lugar en la ONU, el G8, el G20 y el bloque de los BRICS. No obstante, la potencia euroasiática nunca buscó convertirse en líder de los esfuerzos de mitigación del cambio climático a nivel global. La fuerza del lobby del sector energético ha conseguido limitar el margen de maniobra del gobierno en este sentido. Recientemente, los intentos por sancionar leyes que regulen la emisión de dióxido de carbono se han diluido ante la presión de las empresas dedicadas a la explotación de hidrocarburos.

La República Popular de China es el principal consumidor de carbón del planeta. De hecho, el gigante asiático consume más carbón que el resto del mundo en conjunto.

En 2021, Rusia aprobó un plan de largo plazo que busca reducir las emisiones en un 79% hacia 2050. Cumplida esa meta, la estrategia apunta a alcanzar carbono neutralidad para el año 2060. Sin embargo, el año pasado también se publicó una versión actualizada de la estrategia energética rusa hacia 2035. El documento se enfoca casi exclusivamente en la promoción de la extracción, consumo y exportación de combustibles fósiles. Este aumento de la dependencia en las ganancias provenientes de los hidrocarburos pone en jaque la vigencia y relevancia del Acuerdo de París al interior del Kremlin.

Por su parte, China cuenta con una robusta batería de políticas climáticas y energéticas. Desde 2013, Pekín dio máxima prioridad a la acción climática. En esta línea, ese mismo año China se convirtió en el principal inversor en energías renovables del mundo. Su capacidad de generación energética renovable es tres veces mayor que la de cualquier otro país. Además, el Gobierno de Xi Jinping ha logrado cumplir 15 de los compromisos asumidos en 2015 antes del plazo pautado.

A pesar de la vasta cantidad de medidas implementadas, el problema fundamental de la política climática china radica en su ambición. Los nuevos compromisos asumidos durante la COP26 de noviembre de 2021 refuerzan una tendencia a mantener baja la vara para poder cumplir por encima de las expectativas. Por caso, China anunció que planea alcanzar el pico de emisiones de dióxido de carbono antes de 2030 y lograr la carbono neutralidad hacia 2060. Pero estas metas no permitirán mantener el aumento de la temperatura global por debajo de la línea de 1.5 grados.

Asimismo, la meta de carbono neutralidad que establece la estrategia de largo plazo para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero adoptada por Pekín en octubre de 2021 solamente abarca las emisiones de CO2. Dado el volumen de emisiones de otros gases con los mismos efectos, esta omisión puede implicar un aumento de al menos 0.1 grados hacia fines del siglo.

Las políticas climáticas de ambas potencias se asemejan a una moneda cuyas caras difieren por completo. Por un lado, cuentan con medidas en línea con las pautas de los organismos y foros internacionales. Por otro lado, los sectores industriales de cada uno de los países tienen el poder suficiente para limitar los esfuerzos en pos de la reducción de emisiones.

Pocas razones para ser optimistas

Con la atención puesta en el conflicto entre Rusia y Ucrania, la agenda climática ha quedado relegada. Las sanciones económicas que Occidente impuso contra Moscú ya se han hecho sentir en el mercado energético a nivel global. Tras la invasión rusa, el precio del barril de crudo se disparó hasta alcanzar los 110 dólares. Este aumento repercutirá rápidamente en la economía global. Por un lado, podría propiciar un avance en la transición energética en Europa. Al mismo tiempo, la mayor rentabilidad de la explotación de hidrocarburos puede revertir o ralentizar esa transición en otras regiones del mundo.

Nuevas coyunturas y prioridades le seguirán a la crisis ucraniana. Es fundamental que la urgencia del cambio climático vuelva al centro de la escena y que la comunidad internacional redoble sus esfuerzos. Sin el compromiso efectivo de Rusia ni China, el planeta irremediablemente se dirige al punto de no retorno. Tarde o temprano, los efectos devastadores del cambio climático no dejarán lugar a ninguna otra coyuntura o prioridad.

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