1 de septiembre de 2025 - 11:11 Por Sarai Avila Dinamarca se encuentra en el centro de un escenario diplomático y social que involucra tanto su relación con Estados Unidos como con Groenlandia, territorio autónomo que integra el Reino. En los últimos meses, el gobierno de Dinamarca ha debido responder a acusaciones de injerencia extranjera por parte de Washington en la isla ártica, al mismo tiempo que reconoció oficialmente su responsabilidad en la campaña de anticoncepción forzada que afectó a miles de mujeres inuit durante la segunda mitad del siglo XX. Ambos hechos, aunque distintos en naturaleza, se entrelazan en la forma en que condicionan los vínculos entre Copenhague y Nuuk, y en la manera en que el pasado colonial y las disputas estratégicas continúan marcando el presente.
Choque diplomático con Estados Unidos por Groenlandia
El 27 de agosto, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Dinamarca convocó al encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos en Copenhague, Mark Stroh, a raíz de informes publicados por la radiotelevisión pública danesa DR. Según la investigación, al menos tres ciudadanos estadounidenses vinculados a la administración de Donald Trump realizaron actividades encubiertas en Groenlandia con el objetivo de influir en la opinión pública local y reclutar partidarios de la independencia. Los servicios de inteligencia daneses (PET) advirtieron que el territorio ártico es objeto de campañas de influencia destinadas a debilitar la relación entre Groenlandia y Dinamarca.
Las autoridades danesas calificaron de “inaceptable” cualquier intento de injerencia en los asuntos internos del Reino. El canciller Lars Løkke Rasmussen subrayó que la cooperación entre Dinamarca y Groenlandia es estrecha y está basada en la confianza mutua, en un mensaje directo hacia Washington. Sin embargo, la controversia refleja la persistencia del interés estadounidense por Groenlandia, territorio de enorme valor estratégico y rico en recursos minerales.
Donald Trump ha reiterado en varias ocasiones que Estados Unidos necesita controlar la isla por motivos de seguridad nacional. Desde su regreso a la Casa Blanca en enero, no ha descartado la posibilidad de utilizar la fuerza para lograrlo. La situación recuerda al episodio de 2019, cuando, en su primer mandato, el entonces presidente canceló una visita oficial a Copenhague después de que la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, rechazara públicamente la idea de vender Groenlandia.
La tensión bilateral ha alcanzado niveles inéditos en la historia reciente. Dinamarca es miembro de la OTAN y aliado histórico de Washington, pero las acusaciones de operaciones de influencia encubiertas han provocado un distanciamiento inesperado. Según el PET, estas campañas buscan fomentar divisiones aprovechando desacuerdos históricos, como los reclamos de independencia en la isla, o episodios sensibles vinculados a la relación colonial con Dinamarca.
El trasfondo de Groenlandia: autonomía y geopolítica
Groenlandia, la isla más grande del mundo, fue colonia danesa hasta 1953, cuando pasó a ser provincia de Dinamarca. En 1979 obtuvo el autogobierno y, desde 2009, tiene la facultad de convocar un referéndum sobre su independencia. Actualmente, la isla cuenta con una población de 57.000 personas, mayoritariamente inuit, y goza de amplia autonomía en asuntos internos, aunque su defensa y política exterior siguen bajo la órbita de Copenhague.
Los partidos políticos groenlandeses en su mayoría apoyan la independencia, aunque difieren en los tiempos y formas. Si bien una amplia mayoría de la población se pronuncia a favor de la autodeterminación, pocos consideran viable la ruptura inmediata debido a la dependencia económica de los subsidios daneses. Una encuesta reciente mostró que solo un 6% de los habitantes vería con buenos ojos una anexión a Estados Unidos.
En este marco, Estados Unidos ha reforzado su interés en la región, donde mantiene bases militares clave desde la Segunda Guerra Mundial. El vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, visitó Groenlandia en marzo y acusó a Dinamarca de no invertir lo suficiente en defensa del territorio, en un contexto marcado por la competencia global con Rusia y China por el control de rutas marítimas y recursos del Ártico.
El gobierno danés ha respondido con un plan de inversión de 1.950 millones de euros destinado a fortalecer la presencia militar en el Ártico y el Atlántico Norte, subrayando su compromiso con la defensa de la soberanía. Sin embargo, la percepción en Nuuk es ambivalente: mientras se rechaza cualquier intento de anexión estadounidense, crecen los reclamos por un mayor reconocimiento de las particularidades y derechos de la población inuit.
El caso de la anticoncepción forzada
Paralelamente al choque diplomático con Estados Unidos, Dinamarca afrontó en agosto un capítulo oscuro de su relación con Groenlandia. La primera ministra Mette Frederiksen ofreció una disculpa oficial por la campaña de anticoncepción forzada aplicada a miles de mujeres y niñas inuit entre las décadas de 1960 y 1990. El programa consistió en la colocación de dispositivos intrauterinos (DIU) sin consentimiento, con el objetivo de reducir la tasa de natalidad en la isla.
Según investigaciones oficiales, cerca de 4.500 mujeres y adolescentes, algunas de apenas 12 o 13 años, fueron sometidas a estos procedimientos sin su conocimiento o aprobación. Muchas quedaron estériles y sufrieron daños físicos y psicológicos duraderos. El caso, conocido como “el asunto Espiral”, salió a la luz a partir de denuncias presentadas por un grupo de 150 mujeres que demandaron al Estado danés por violación de derechos humanos.
Frederiksen reconoció la discriminación sistemática ejercida por el sistema de salud danés contra las mujeres groenlandesas, a quienes se trató de manera distinta “por ser groenlandesas”. La primera ministra afirmó que, aunque no es posible cambiar lo ocurrido, sí corresponde asumir la responsabilidad. En su declaración, extendió las disculpas a otros episodios de trato desigual hacia la población inuit durante el pasado colonial.
El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, también se disculpó en nombre de su gobierno, que desde 1992 tiene a su cargo el sistema de salud local. Ambos gobiernos anunciaron que trabajan en un plan de compensación para las víctimas. La publicación de una investigación conjunta sobre el caso está prevista para septiembre.
Repercusiones sociales y políticas
La disculpa oficial fue celebrada por organizaciones y representantes groenlandeses, que la consideraron un paso importante hacia la reparación. Sin embargo, también fue criticada por llegar tarde: varias de las víctimas ya fallecieron sin recibir reconocimiento. Activistas y líderes inuit señalaron que la disculpa se produjo en un momento coincidente con la crisis diplomática con Estados Unidos, lo que generó sospechas sobre su oportunidad política.
El caso de la anticoncepción forzada evidencia las tensiones persistentes en la relación entre Groenlandia y Dinamarca, marcadas por un legado colonial aún no resuelto. Para amplios sectores de la sociedad groenlandesa, la práctica constituyó una forma de control poblacional con motivaciones coloniales. El episodio ha sido calificado incluso como “genocidio” por antiguos líderes políticos de la isla.
La coincidencia entre la revelación de las operaciones de influencia atribuidas a Estados Unidos y la disculpa por el caso Espiral pone en primer plano las múltiples presiones que enfrenta Dinamarca en relación con Groenlandia. Por un lado, debe defender su soberanía frente a intereses extranjeros que buscan aprovechar el valor estratégico del territorio. Por otro, debe hacerse cargo de un pasado de abusos coloniales que sigue afectando la confianza entre Copenhague y Nuuk. Las autoridades danesas y groenlandesas coinciden en que es necesario fortalecer la cooperación para proteger el futuro común. Mientras tanto, el interés de potencias globales en el Ártico y la reivindicación de derechos por parte de la población inuit colocan a Groenlandia como un espacio clave en las disputas del presente.