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Crisis social, economía y política

Bolivia al limite: asalto institucional, crisis energética y escenario de golpe de Estado en marcha

Bolivia ingresó de manera formal en una fase de desestabilización sistémica que amenaza con diluir los últimos vestigios de su orden constitucional.

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21 de mayo de 2026 - 12:01 Por Sarai Avila

La génesis inmediata de la actual ola de protestas radica en un paquete de reformas estatales y fiscales promovidas por la administración de Rodrigo Paz, orientadas a oxigenar una economía golpeada por variables macroeconómicas distorsionadas. Sin embargo, la respuesta de los sindicatos agrarios y las bases cocaleras del Chapare, estrictamente leales a Evo Morales, fue drástica: un cerco total a las carreteras del país. Tras más de quince días de cortes ininterrumpidos, los efectos en los centros urbanos, particularmente en La Paz y El Alto, son devastadores.

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Las crónicas locales coinciden en describir un escenario de parálisis comercial absoluta. "No hay nada", es el mantra que se repite en los mercados populares paceños, donde los estantes vacíos y los precios triplicados reflejan el éxito táctico del desabastecimiento provocado por los bloqueos. Las filas para conseguir carne, pollo o tubérculos básicos se extienden por cuadras, mientras que el transporte público ha quedado prácticamente anulado ante la falta crónica de combustible.

La escalada de violencia alcanzó su punto álgido el 19 de mayo, cuando las marchas que descendieron desde El Alto hacia el centro de La Paz derivaron en batallas campales. Grupos organizados atacaron sedes gubernamentales, destruyeron propiedad pública y saquearon comercios, superando la capacidad operativa inicial de la Policía Boliviana. El intento de las fuerzas de seguridad por mantener las vías expeditas y evitar el desabastecimiento fracasó ante el avance masivo de las columnas leales a Morales, consolidando el aislamiento de la sede de gobierno. A pesar de que una contra-movilización ciudadana y de sectores comerciales independientes marchó en el centro del país exigiendo el cese inmediato de los bloqueos para reactivar la economía, la polarización civil es total y el riesgo de choques armados entre civiles crece exponencialmente.

El trasfondo económico: el fin del milagro del gas y la crisis de las divisas

El desabastecimiento actual no es un producto exclusivo de los bloqueos de estas tres semanas; los cortes de rutas solo terminaron de estrangular un sistema logístico que ya operaba al límite de sus capacidades. La verdadera raíz de la vulnerabilidad boliviana se encuentra en el agotamiento definitivo del modelo económico extractivo que sostuvo al país durante las últimas dos décadas: el colapso de la producción y exportación de gas natural, que históricamente fue la principal fuente de ingresos del Estado.

La drástica caída en los volúmenes de gas exportados a Brasil y Argentina secó las reservas internacionales líquidas del Banco Central de Bolivia. Sin dólares en las arcas públicas, el país comenzó a experimentar una devaluación encubierta y la consolidación de un mercado cambiario paralelo (un "dólar blue" boliviano) que encareció de manera brutal las importaciones de insumos básicos y bienes de consumo. El problema más crítico se observa en los combustibles: al ser Bolivia un importador neto de diésel y gasolina —que además se venden al público a precios fuertemente subsidiados por el Estado—, la falta de divisas físicas para pagar a los proveedores internacionales ya provocaba interrupciones en el suministro mucho antes de que las milicias evistas salieran a las carreteras. El paquete de reformas fiscales de Rodrigo Paz Pereira buscaba, precisamente, recortar estos subsidios insostenibles y reestructurar el gasto público, una medida técnicamente inevitable pero políticamente explosiva que sirvió como el catalizador perfecto para la insurrección.

La variable electoral de 2026: Una guerra a todo o nada por el poder

El factor tiempo es crucial para entender la virulencia y la sincronización de este estallido. Bolivia se encamina hacia elecciones presidenciales en el segundo semestre de este año 2026. Este calendario electoral dota al conflicto de una lógica de supervivencia biológica para los actores involucrados, transformando las rutas bloqueadas en el principal escenario de la campaña electoral anticipada.

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Para la administración de Rodrigo Paz, la aprobación y ejecución de las reformas económicas era el paso administrativo indispensable para estabilizar las variables macroeconómicas mínimas antes de que la ciudadanía acuda a las urnas. Un ordenamiento económico exitoso le habría permitido al oficialismo y a las fuerzas del centro-derecha competir con una plataforma de previsibilidad y orden.

Para Evo Morales, en cambio, el año 2026 representa el "ahora o nunca". Sabiendo que el avance de los procesos judiciales en su contra amenaza con proscribir su participación de manera definitiva y que el control del aparato partidario del MAS se encuentra disputado, Morales identificó que su única ventana de oportunidad política consistía en detonar la estabilidad del país antes de la inscripción formal de las candidaturas. Si el gobierno lograba aplicar sus reformas y estabilizar el suministro de combustibles, la narrativa de Morales sobre el "fracaso del modelo neoliberal de Paz" se desmoronaba. La violencia en las calles busca forzar una capitulación del Ejecutivo o un adelanto electoral en condiciones de absoluto caos, donde el líder cocalero pueda erigirse nuevamente como el único actor con la capacidad fáctica de pacificar los territorios.

La denuncia de golpe y la sombra de la impunidad judicial

Para el Palacio de Gobierno, el trasfondo de las movilizaciones no responde a reivindicaciones sociales legítimas, sino a un diseño táctico destinado a forzar la caída del Ejecutivo o, en su defecto, garantizar la impunidad judicial de Evo Morales. El ministro de Gobierno y los voceros oficiales han denunciado sistemáticamente que el expresidente alienta y financia las protestas para evadir el avance de las causas penales en su contra, que incluyen graves denuncias por presunto abuso de menores y trata de personas.

El canciller de Bolivia, Fernando Aramayo, fue categórico al describir la situación ante la Organización de los Estados Americanos (OEA). Aramayo denunció formalmente que el país enfrenta una "amenaza multidimensional" a su democracia y que las acciones coordinadas en el terreno no constituyen protestas pacíficas, sino un intento deliberado de subvertir el orden constitucional por la vía de los hechos. El argumento gubernamental sostiene que Morales busca un vacío de poder para forzar la anulación de sus procesos judiciales mediante la coacción civil.

La alerta de Washington y el nexo con el crimen organizado

El diagnóstico del gobierno boliviano encontró un respaldo explícito e inusual en la Casa Blanca. El gobierno de los Estados Unidos emitió una dura declaración pública denunciando que en Bolivia se encuentra "un golpe de estado en marcha". La advertencia de Washington introduce un componente aún más complejo en el análisis: la vinculación de las milicias que ejecuta los bloqueos con estructuras del crimen organizado y el narcotráfico.

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Según los informes de inteligencia norteamericanos compartidos por canales diplomáticos, las protestas contra la gestión de Rodrigo Paz están siendo instrumentalizadas por sectores económicos ilegales que operan en las zonas francas del trópico cochabambino. El endurecimiento de los controles estatales y las reformas fiscales propuestas por Paz Pereira habrían afectado los circuitos de lavado de dinero y contrabando, unificando los intereses de las cúpulas del MAS evista con los de las mafias locales. Para Estados Unidos, la caída de las instituciones bolivianas bajo el control de estas facciones representaría un peligro directo para la estabilidad de la región andina, consolidando un santuario para el crimen organizado transnacional.

Desde el refugio político de sus bases en el Chapare, Evo Morales replicó de inmediato. El exmandatario describió el estallido como una "sublevación legítima del pueblo" frente a lo que considera una capitulación de la soberanía económica por parte de Paz Pereira. Morales aseguró a través de sus redes y medios afines que el operativo militar y policial dispuesto por el gobierno para liberar las rutas fracasó rotundamente debido a la resistencia comunitaria, celebrando que "todo el país está paralizado" y advirtiendo que el cerco a La Paz será absoluto e irreversible hasta que caiga el plan económico oficial.

El cálculo de los cuarteles: El trauma de 2019 y la parálisis de la fuerza pública

Uno de los puntos que más llama la atención es la aparente parálisis o repliegue de las Fuerzas Armadas y la Policía Boliviana, que han permitido que los bloqueos se consoliden durante semanas. Aunque el gobierno de Rodrigo Paz prometió ejecutar operativos quirúrgicos para liberar las rutas y "evitar un derramamiento de sangre", la realidad en el terreno demuestra una profunda reticencia de los mandos militares a actuar con determinación.

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Este fenómeno se explica por el trauma institucional derivado de la crisis política de 2019. Tras la caída de Evo Morales en aquel año, los jefes militares y policiales que intervinieron para restaurar el orden fueron posteriormente procesados, encarcelados y condenados por violación a los derechos humanos bajo la administración del MAS. Los mandos actuales pertenecen a una generación que internalizó que el respaldo político de un presidente es efímero, pero la responsabilidad penal es permanente.

Ante la inminencia de las elecciones presidenciales de este año 2026, los jefes de los cuarteles realizan un frío cálculo de supervivencia: saben que si intervienen masivamente empleando la fuerza letal y el signo político del gobierno cambia tras los comicios, ellos serán las primeras piezas de sacrificio judicial. Esta falta de garantías operativas y jurídicas reduce al mínimo el margen de maniobra del presidente Rodrigo Paz, quien se encuentra con un aparato estatal de coacción formalmente leal, pero fácticamente paralizado por el temor al futuro político.

La internacionalización de la crisis: expulsión, Petro y el factor Milei

La crisis boliviana rompió los límites fronterizos y generó un severo cortocircuito diplomático en el Cono Sur y la región andina. El primer estallido bilateral ocurrió con Colombia. El presidente Gustavo Petro, fiel a su línea de solidaridad ideológica con el ala izquierda regional, criticó severamente el accionar del gobierno de Rodrigo Paz frente a los manifestantes. En respuesta, la cancillería boliviana calificó las declaraciones de Petro como una intromisión intolerable en sus asuntos internos y dispuso la inmediata expulsión de la embajadora de Colombia en La Paz.

Petro no retrocedió ante la sanción diplomática. Tras confirmarse la expulsión de su representante, el mandatario colombiano afirmó que Bolivia está transitando hacia "extremismos" peligrosos que criminalizan la protesta social y clausuran los canales democráticos de resolución de conflictos. Esta fractura debilita la posición de Bolivia en la Comunidad Andina y acelera su aislamiento respecto de los gobiernos del eje progresista latinoamericano.

Sin embargo, el frente diplomático más tenso se autoconstruyó en el eje La Paz-Buenos Aires. En un intento por diversificar sus acusaciones y construir una narrativa de conspiración internacional de derecha, Evo Morales apuntó directamente contra el presidente argentino Javier Milei. Morales denunció públicamente que la Argentina envió aviones de transporte militar C-130 Hércules a territorio boliviano cargados con material bélico y personal logístico para cooperar con la represión estatal y sostener el tambaleante gobierno de Rodrigo Paz. "Es muy grave lo que está haciendo Milei, enviando aviones para ayudar a reprimir al pueblo boliviano", disparó el líder cocalero, intentando trazar un paralelismo histórico con eventos de crisis previas en la región.

La respuesta de Buenos Aires fue inmediata y tajante. La Cancillería argentina, mediante un comunicado oficial emitido por la ministra de Relaciones Exteriores, rechazó de forma categórica las afirmaciones de Morales, calificándolas de "infundadas, maliciosas y carentes de todo sustento fáctico". Desde el entorno de Javier Milei se enfatizó que la Argentina respeta de manera irrestricta el principio de no intervención y que no existe ningún tipo de cooperación militar operativa ni envío de suministros bélicos hacia Bolivia. El oficialismo argentino atribuyó las denuncias de Morales a una burda maniobra de distracción para desviar la atención de sus propios problemas con la justicia boliviana y de su responsabilidad directa en la violencia civil que desangra a su país.

Perspectivas de un escenario sin retorno

A tres semanas del inicio del conflicto, Bolivia se encuentra ante un laberinto institucional de difícil resolución. Las encuestas y reportes sociológicos previos al recrudecimiento del caos indicaban que una clara mayoría de la ciudadanía boliviana exige una reforma profunda del Estado Plurinacional, manifestando un evidente agotamiento frente al modelo político y económico vigente en las últimas dos décadas. No obstante, esa demanda ciudadana de cambio institucional se encuentra hoy secuestrada por la lógica del enfrentamiento violento en las rutas y la confrontación de facciones radicalizadas.

Con un suministro de alimentos al borde del colapso total en La Paz, una economía real asfixiada por la escasez estructural de dólares y combustibles, una acusación formal de Washington sobre la injerencia de carteles locales en la insurrección, y unas fuerzas de seguridad que miran de reojo el calendario electoral antes de actuar, Bolivia transita un escenario complejo. La viabilidad de la democracia boliviana ya no depende únicamente de la resistencia del gobierno de Rodrigo Paz Pereira en el Palacio Quemado, sino de que las variables económicas subterráneas no terminen de implosionar antes de que el país pueda, si las rutas lo permiten, llegar a las urnas.

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